CINE Y CONVERSACIÓN

El insulto (Ziad Doueiri, 2017)

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Este texto es una conversación entre los autores, a propósito de la fascinación compartida por el cine en general, y por una película en particular, en este caso la libanesa El insulto, dirigida por Ziad Doueiri. La propuesta para el lector es entrelazar estas reflexiones con el film, que puede verse antes o después de la lectura. También se subraya una escena inicial de la película: presentamos – con fines didácticos -la escena del insulto que da nombre al film. Dura dos minutos.

Escena inicial de la película «el insulto» de Ziad Doueiri

Daniel – Lo primero que quiero decir sobre la película es que la disfruté, me gustó. Digo esto y recuerdo aquello de que, finalizada la visualización de una película, o de una escena cinematográfica, la pregunta “¿les gustó?” o “¿Qué parte les gustó más?” es un modo banal o simplificante del análisis o la reflexión que podría hacerse. Pero no sé si estoy tan de acuerdo: el gusto, el placer por transitar la escena, constituyen un dato relevante. Pero también lo constituyen respecto de cualquier tarea escolar. El desafío es, probablemente, no quedarse en una idea pobre de esa sensación. A favor del “me gusta”, podemos decir que es un punto de partida posible. Incluso si no nos gustó, ya que, a continuación, puede seguir un recorrido por las sensaciones más finas, las que pueden pensarse por detrás de las sensaciones de agrado o desagrado, trascendiendo el megusteo banal de las redes.

Gabriel – Qué bueno esto que decís, Dani. Yo trabajo mucho con escenas fílmicas en mis clases o capacitaciones. Y antes de que la analicen o analicemos juntos/as, les digo que tengo solo una sola regla que no negocio: no me interesa el juicio moral, ni de los alumnos/as, ni el mío propio. No me interesa que digan que está bien o mal lo que “hizo” o “la manera de actuar”, no se trata de bien o mal, lindo o feo sino de que vayamos en busca de esos gestos, señales, que nos permiten aprender, leer, ampliar la comprensión de esa situación, como si pudiéramos en forma compartida, leer esta situación, o “sacarle punta” como si fuera un lápiz… Y viene bien para pensar una escena el uso de esta regla. Porque además, en términos didácticos el criterio moral es familiar directo de (o lleva a) la reducción binaria, como única opción, y por tanto omite la información/reflexión que ayuda a discernir la complejidad. La película El Insulto, aunque nos ubica en la compleja escena del conflicto en oriente medio (que conocemos hace rato y es muy, muy complejo) puede llevarnos a nosotros, aquí y ahora, a pensar otras cosas muy interesantes. Puede ser una forma de dar rienda suelta a pensar acerca de cómo vivimos juntos/as, y especialmente en las escuelas.

Daniel – Cierto, incluso aunque la película no se ubica en una escuela… Elegirla para pensar cosas de la escuela, en ese punto, implica adoptar una perspectiva particular, eludir la literalidad, proponernos cierto ejercicio de ver qué le dicen estas secuencias “no educativas” a un/a educador/a. Es cierto que hay muchas películas “típicamente pedagógicas”. Sobran ejemplos.

Gabriel- Si, se podría hacer una lista larga de films a los que se considera valiosos para “trabajar cuestiones educativas”. Ahí te sugiero en especial el Archivo Fílmico Pedagógico que hicimos (con Ale Vagnenkos y varios/as compañeros/as) en el Ministerio en 2014 y en 2015 fue distribuido a todas las escuelas públicas secundarias y todos los ISFD del país. Vale mencionarte de allí, Entre los muros, Siete Cajas, Machuca, La joven vida de Juno, entre muchas otras…

Daniel – …La sonrisa de la Mona Lisa, Profesor Lazhar, La ola, La lengua de las mariposas…

Gabriel – …Detachment, PA RA DA, Noi, el Albino, Luna de Avellaneda, Caterina en Roma, Escritores de la libertad, todas estas de este Archivo Fíllmico Pedagógico que te estaba comentando hicimos en  2014…

Daniel – …Todo empieza hoy, la serie Merlí… y esas que estamos diciendo son sólo algunas de las películas que se han ganado un lugar en las aulas, porque ayudan a pensar lo educativo. Pero, como decíamos, en esta película no hay un docente, un alumno o un aula. Si queremos ver asuntos “educativos” en El insulto, tenemos que tomar otro camino, el de la metáfora, el de ver una alegoría posible a la escuela y sus intimidades, allí donde originalmente no la había. Habrá quien encuentre un poco rebuscado ese rodeo, pero si nos parece posible y deseable, es porque esto de ver cosas de la escuela en el cine se ha vuelto ya un asunto tan transitado, que es interesante bucear estas metáforas, y no sólo para tratar de decir algo diferente a lo que siempre se dice, sino también porque creo que coincidimos en que se piensa más y mejor de esta manera.

Gabriel – La cuestión del insulto, de la agresión verbal es un punto interesante para empezar a pensar en clave escolar, como punto de partida. También el malentendido como inicio de una escalada violenta. ¿Cuántas situaciones en la escuela se han «desmadrado» al estilo efecto bola de nieve, comienzan en un malentendido, en una agresión (que una de las partes no reconoce como tal) y se convierten en situaciones mucho más complicadas, que representan a su vez otros conflictos más amplios? Algo aparentemente pequeño como un insulto puede ser visto desde la perspectiva de las microviolencias, o del acoso propiamente dicho (para despejar al bullying como categoría analítica, ya que los modos dominantes que abordan el bullying suelen emparentar al conflicto con violencia, y son proclives a cosificar la violencia, como si fuera una cosa y no una relación).

Daniel – Es interesante eso de despejar al bulling… ¿Qué limitaciones dirías que presenta como categoría a través de la cual mirar las violencias en la escuela? Me parece importante pensar esa relación entre la violencia y ciertos marcos interpretativos que la codifican de modos parciales. Hoy que la violencia racial está tan a flor de piel, la mirada del “bullying” (que, sospecho, tiende a lavar cualquier mirada desde ese ángulo) muestra sus limitaciones. Sospecho que los abogados son, en la película, los que representan la mirada más afín al análisis de la violencia como “bullying” ¿es así? Al menos en el sentido de que “espectacularizan” la violencia, como decís vos. ¿Qué alternativas ofrecen los debates que tanto has estudiado acerca de la violencia escolar para mirar esta violencia, la de los personajes?

Gabriel – Interesante lo que decís. Claro, podemos pensar ese lugar para los abogados, pero no para transformarlos en chivos emisarios, sino como metáfora para pensar en clave escolar, de esta época, cada vez menos escolar y más judicializada para resolver problemas. ¿Qué ocurre cuando un problema que puede (y debería) resolverse en el marco institucional de la escuela, con la palabra, con la reunión, con la capacidad transformadora que allí hay, en cambio se dirime a través de diversos recursos “judicializantes”? Un acta fría, que ya ni repara en el asunto, sino en el impulso a “cubrirse” de cada una de las partes. Una amenaza, una carta documento, o la pura agresión simbólica, mediática, etc. La cobertura mediática de los episodios escolares, casi en su totalidad, sigue esta lógica judicializante. Por eso vale la pena preguntarnos por esos personajes, el abogado y la abogada (y la película suma un elemento un poco marketinero, mostrando a unos abogados padre e hija) y preguntarnos también por la llamada “industria del juicio”, porque aquí vemos cómo transforman un problema que podría ser resuelto en su contexto más íntimo y singular, en un asunto de notoria publicidad… lo hacen nacional. Cuando digo íntimo no lo hago para privatizarlo, y restarle dimensión pública (de hecho, ocurre en la vía pública) sino para darle el cuidado de su resolución como protección. Lo que ocurre en una escuela también es público (aunque sea una escuela de gestión privada). Pero incluso abordar algo de esta sensibilidad desde una perspectiva pública (en el sentido de lo común, lo de lo que se hace público en clave publicitaria) supone cuidarla. Cuidar la situación, y en especial a las personas involucradas. Eso en “El insulto” no ocurre. Solo hay atisbos de intentar por ese lado en la esposa de uno de ellos, o en el jefe del otro, pero en este último caso las razones son menos éticas que de conveniencia económica.

Daniel – El incidente en sí podría haber sido totalmente trivial, pero en la película crece y se convierte en símbolo de otras cosas, de otras violencias sociales latentes. Y en ese punto, creo que la película habla acerca de algo muy escolar: pone en juego la relación que existe entre lo personal y lo público. Las formas que todos tenemos de nombrar, de mirar y de exponernos frente a los demás se tematizan en esos dos planos en toda la película, y el modo en que estas situaciones y estos conflictos fluyen del “cosa mía” (o “cosa nuestra”) al “cosa pública” o “cosa de todos”. Me parece que ese es un nudo fuerte del film. Un hombre insulta a otro, el otro exige una disculpa, el primero se niega. Hasta ahí, podría tratarse de una historia personal, incluso si consideramos (sólo como un contexto de sentido) las motivaciones racistas que subyacen al enfrentamiento entre ambos. Pero la misma trifulca, vista en clave de historias de odios ancestrales, de posiciones socialmente construidas desde la que se escucha la voz del otro, cuenta otra historia. Además, volviendo a los abogados, creo que los podemos ubicar en un cuadrito bastante nítido dentro de este planteo: las posiciones de lo personal y lo público están representadas por dos pares de personajes que acompañan a los protagonistas: sus esposas (que les aconsejan bajar el tono de la pelea, no darle tanta importancia, no ser tercos) y sus abogados (que los representan frente a la ley y la opinión pública y canalizan esas fuerzas, supuestamente en su favor). En medio del alboroto público, lo personal se filtra en miradas y en gestos pequeños. Y tal vez se reúnen, como vos decís, en el desafío de “pensar cómo vivimos juntos”. Y a la vez, la peli muestra hasta qué punto un conflicto, un encuentro, un intercambio, tienen no sólo cosas latentes en lo profundo (de las cuales resultan ser un síntoma, dirían los psicoanalistas) sino también un efecto de caja de resonancia de cuestiones sociales y comunitarias más amplias. En las escuelas, nuestra relación con «lo social» (por un lado) y con «el sistema» (por otro) presentan la cosa un poco escindida.

Y agrego algo: tanto en el plano de lo personal, como en el plano de lo público, hay posiciones ambiguas en cuanto a quién es el agresor y quién es la víctima. Ese es otro de los grandes temas de la película: desingenuiza brutalmente la relación estereotipada victimario-víctima.

Gabriel – Está bueno esto de no radicalizar la víctima, o su lugar. O dicho de otro modo: la casi imposible manera de resolver algo si funciona un victimisómetro, ¿no?

Daniel – ¿Hay presupuesto para victimisómetros?

Gabriel – Bueno, muchas veces lo ha habido a escala política global… En medio oriente, te pongas del lado que sea, hay discursos victimizantes. E igualmente en las situaciones que muestra la película: la más inservible encerrona es poner en comparación la condición de víctima de cada uno de los protagonistas. ¿Cómo lidiar con un conflicto entre dos sujetos que se disputan quién es la víctima más importante, quién ha sido más ofendido, más vulnerado?

Creo que también nos enfrenta a cierta figura, muy actual del lugar algo incuestionable de la víctima, como si fuese “sagrado”. Esteban Rodriguez Alzueta, un notable colega e investigador de cuestiones de jóvenes, pobreza e inseguridad (lo hemos consultado en nuestra investigación y nos ha presentado el libro Vecinocracia, vale la pena leerlo) trabaja sobre esta idea. Nos dice algo muy cierto: nadie se mete con la víctima. Miremos la tele… La norma es destrozar al otro/a. En especial en el mundo del panelismo televisivo, donde gobierna el rating y la demonización del otro como práctica casi permanente. Fijémonos que cuando habla la víctima – o el familiar de la víctima – nadie lo ataca, es un ser indiscutido, como intocable. Y me refiero a víctimas de cualquier tipo, pero especialmente en cuestiones de homicidio, robo, accidentes, etc.

Daniel – ¿Y qué aparición tiene en la escuela esta figura de la víctima? ¿Cómo se conjuga con otras posiciones donde hay asimetrías, conflictos de poder?

Gabriel – Hace un tiempo pensé en escribir en torno a una pedagogía de la víctima, no digo que releve la categoría de “pedagogía del oprimido” ¡ja! pero creo, que para los discursos bolsonaristas, para los discursos punitivos de estas horas (pandemia mediante) y para buena parte del sentido común, es el lugar preferido para pensar en la subalternidad. A veces relega el factor económico y social incluso. “Frente a la víctima todxs nos quedxamos quietxs…” La o el docente se sensibiliza con la víctima (pensemos cualquier caso, de “baja intensidad” o más grave) pero esa sensibilización ¿que demuestra? ¿hay allí comprensión cabal de la situación para abordar en clave pedagógica (en un sentido emancipatorio)? ¿o más bien, al menos en ocasiones, esa sensibilidad frente a la víctima es un acto de compadecimiento (“pobrecito/a, lo cargan…”)? ¿O más bien de protección pero con cierto manto (y monto) de legitimación de la inferiorización del otro/a (la víctima)? Podría ser empatía pero no para inferiorizarlo/a, sino para empoderarlo/a. Salir de la lógica de la víctima, creo es un camino necesario, o al menos lo veo por allí. La victimización, o la lógica de la víctima no permite pensar, tomar distancia y abordar sino que, creo, queda atrapada en la encerrona judicializante.

Daniel – De todas las formas de alteridad, la de la víctima es una de las más filosas, resbalosas, ambiguas. Ser víctima o ser victimario – y esto la película lo deja claro – puede ser una cuestión de puntos de vista, de cómo se deciden valorar las posiciones, las identidades. En la base del asunto está el miedo a cualquier otredad, a cualquier intento de salir de uno mismo. En la escena del primer insulto del film, cuando todo comienza, no aparecen los discursos ambiguos sobre la diferencia y la identidad que ocupan el centro durante las partes “judiciales” del film. Simplemente hay una puteada y una cara fea. Pero no se acusan por sus religiones, nacionalidades, ni se victimizan tampoco. El discurso de la víctima es más mediado, es una construcción posterior. De hecho, estas cuestiones aparecen con mucha fuerza en las secuencias posteriores acerca de la disputa por el lugar legítimo de víctima. Sólo si miramos la primera escena (la del insulto) sabiendo y pensando que Yasser es un palestino que está insultando al que lo insulta (con la mirada, con su actitud de desprecio) por ser palestino, podemos ver cierta rivalidad entre víctimas. Tal vez parte de la construcción de la posición de víctima reposa, como decís, en el atravesamiento de las situaciones por una lógica judicial, que es la que define a alguien como “víctima”, finalmente. Pero pienso que en lo “judicial” también hay un intento (desesperado, claro) por ponerse a la misma altura, y desde allí construir el lugar de la víctima.

Esto lo podemos ver también en clave puramente cinematográfica: ambos personajes están al principio de la escena a distintas alturas (arriba y abajo) y en distintas atmósferas (adentro y afuera, la casa y la calle). Este contraste los distancia en términos de cómo se piensan, pues mientras que uno se sabe en el refugio del hogar (que pone al otro en el lugar de una amenaza) el otro se sabe representante del mundo exterior, sus leyes, sus exigencias. La pelea judicial a la que los llevará el conflicto, en cambio, los pondrá lado a lado, en el mismo adentro/afuera de los tribunales. Y tal vez no es lo mismo ser “víctima que se está defendiendo en los tribunales” que ser “víctima en la calle”. La forma de victimazgo (¿valen los neologismos?) de la que venimos hablando, creo, es la judicializada, la construida, la que permite emplear a su favor el consenso social alrededor de ese victimazgo. En cambio la otra, la forma sufriente, íntima, que no detenta el orgullo de la víctima luchadora sino la vergüenza de la víctima humillada, genera otras cosas. Creo que en la escuela los docentes debemos saber discernir entre la autovictimización en clave judicial (que cabe desarmar) y el sufrimiento puro (que cabe contener y acompañar).

Gabriel – La pregunta sobre cómo vivir juntos es especialmente pertinente y necesaria allí donde se construyen relaciones de alteridad. La alteridad como amenaza, el otro como amenaza, tanto en el marco de la disputa entre libaneses, palestinos, cristianos, etc. (a la que podríamos rápidamente encontrarle nuestros análogos criollos) como al hecho en sí de que la debilidad del otro, su fragilidad, sea puesta en ese lugar tan brutal. Sería bien interesante desmontar esta asociación tan propia de una subjetividad mercantil y neoliberal, enaltecer la fragilidad como condición de humanidad. Incluso para erosionar la omnipotencia de la pedagogía moderna intravenosa que tenemos instalada. ¿Qué mejor que mostrarnos frágiles, en una sociedad que está desorientada, por ejemplo, en tiempos de pandemia? Desde allí se pueden tratar de construir coordenadas que nos orienten. Reconocer un error (lo que el personaje se niega a hacer) es visto como un acto de debilidad. Pero también estaría bueno pensar en el error como fuente de crecimiento (de una persona, de un alumnx, de una maestra, de una sociedad) y no quedar pegado siempre al error como vergüenza, o fuente de sanción.

Daniel – Cierto… la idea del error, luego, a la que apuntás desde el valor de “reconocer un error” (no como herida al orgullo sino como signo de integridad) me hace pensar además que esto de “reconocerse frágil”, vulnerable, es constitutiva de lo educativo. Mi colega de Flacso y amigo Rafael de Piano ha escrito un libro titulado “Hacia una fragilidad común” para dar cuenta de esa necesidad de exponerse, que también viene siendo mirada en clave de análisis desde la experiencia (experimentar es, etimológicamente, exponerse).

Gabriel – La gran metáfora de Frankestein Educador que construye P. Meirieu justamente pone bajo escrutinio esa idea y práctica tan consolidada de la omnipotencia de la pedagogía moderna. Justamente, este notable pedagogo francés nos desafía a interpelar esa idea de fabricación del otro que ha promovido la escuela como tecnología de la modernidad. Y creo, la tarea es corroer toda esa omnipotencia de la pedagogía moderna. Esa terrible idea (que opera consciente e inconsciente en tanta maestrada) de que el otro/a (o sea el/la estudiante) será, como máximo, una réplica mía en miniatura. Vaya soberbia omnipotente. Entonces, digo, apostemos al error como cualidad de toda fragilidad, para que nos reconozcamos frágiles, y desde allí nos fortalezcamos reconociendo al error como fuente de aprendizaje y vínculo con otrxs. El error como fuente de humanización, no como antesala de la depredación del otro.

Daniel – … por no decir todo aquello del error constructivo que nos contaron en el profesorado alguna vez, ¿no? Es evidente que hay múltiples sentidos que pueden hallarse en el gesto de reconocer un error, desde la dignidad humilde que enaltece, hasta la hipocresía del funcionario de derecha que disfraza de “humildad de reconocer un error” su plan de ajuste. Y de eso sabemos algo los argentinos, ¿no?

Gabriel – Y lo digo de otra manera: es tan perjudicial no reconocer el conflicto (en sus diversas versiones, derechosas o progres, bien de los dinosaurios, tecnócratas, autoritarios de diversa índole) como que se enquiste. Lo que me parece necesario es reconocerlo como inherente a nuestra condición humana y al convivir (vivir con otros/as) y por tanto resolverlo, encontrar una solución, siempre provisoria, pero necesaria.

Daniel – En la película, concretamente, la alteridad propia del vivir juntos aparece mucho en las miradas. El mirarse a los ojos es algo que, como dice Daniel Calméls, “puede ser el comienzo de todo, de una pelea, de un amor, de una amistad, de una despedida, de un juego”.[1] Y en la escena del insulto inicial, por ejemplo, hay una mirada fuerte que da comienzo a una pelea. Pero también hay ahí cerca otras tantas miradas que se ponen en la “galería de miradas” que ofrece esta secuencia: la mirada del testigo (el que mira la pelea desde un costado), la mirada compartida hacia el objeto (el capataz y su cuadrilla miran juntos los objetos de la calle, aquellos que deben reparar), y el primer abordaje al vecino hostil (Toni) consiste en invitarlo también a mirar esos objetos (su desagüe). Está también la mirada del “nosotros”, del aquí venimos juntos (esa que se ve entre los albañiles cuando tocan la puerta), la mirada abstraída de quien escucha una voz al otro lado de la radio, en fin, una serie de lugares desde los que pensar el acto de mirar que tienen una clara correspondencia con los “mirares” educativos. ¿Cuántas veces miramos nuestro espacio, nuestras relaciones, a nuestros alumnos, desde algunos de estos lugares?

Gabriel –  Totalmente, la mirada es un objeto sensacional para indagar las relaciones, la alteridad. Es la tecnología más poderosa en clave pedagógica. Tecnología original, y de relevancia actual. La mirada de la/el docente, inicia la clase, marca por donde empieza la clase, la presentación, la participación muchas veces se organizan mediante la mirada, sin tener que decir una sola palabra: con solo mirar a alguien, a veces alcanza para que… empiece, se calle, siga, se avergüence, se ría… Se puede mirar para humillar, para felicitar, para cuidar. Sí, es la más indestructible tecnología educativa.

Daniel – ¡Qué uso oportuno de la palabra tecnología! Bueno, también se puede insultar con la mirada, ¿no? Me pregunto al mismo tiempo (y retomando aquello de “lo propio” y “lo de todos”) hasta qué punto nuestra mirada es nuestra mirada, lo personal es sólo lo personal y nuestras creencias y opiniones son sólo nuestras creencias y opiniones. El propio cine, como construcción social (y como forma de atravesamiento que llega hondo a lo emotivo) instala en nosotros formas de mirar y formas de sentir. Permitime contar algo en clave de anécdota… Un sábado hace unas semanas salí tempranito a pasear con mi hija de 3 años, para aprovechar las calles aún sin tanta circulación de gente. Pasamos frente al gigantesco shopping del abasto, que queda cerca de mi casa, y ella quiso subir las escaleras. Era la nenita sola, en una inmensa escalinata, delante de las persianas bajas. Todo un poco sucio y abandonado tras varias semanas de clausura. La cuestión es que, al subir yo también y ver la ingenua curiosidad de la nena ante los portones con cintas cruzadas, las sillas de starbucks sobre las mesas, ya llenas de polvo, me dio una especie de vacío en el estómago, una sensación de catástrofe. Pensé en El Eternauta caminando por la ciudad vacía (el barbijo me recuerda a esa escafandra que usaba Juan Salvo) y sentí que recorríamos las ruinas tristes de un mundo que había quedado atrás. De verdad sentí pena por este cuadro distópico que se imponía ante la infancia de mi hija. Casi lloro.

Y al rato me detuve en seco. ¿Un shopping cerrado me representa el apocalipsis? ¿De dónde saqué eso? ¡De las peores películas yanquis! Esas donde lo peor que puede pasar es que un monstruo rompa el puente de Brooklin, un viento fuerte tire abajo la estatua de la libertad y – por supuesto – que cierren los shoppings, la mayor de las catástrofes. Si se detiene el consumo, ya nada tiene sentido, por eso los zombies se amontonan en los shoppings arrasados.

Y cuando me di cuenta de que esos sentimientos me eran impuestos por la exposición a ese tipo de escenas, que estereotipan las distopías en clave capitalista, y que en realidad el shopping cerrado es el efecto más sano en la vida de la gente de todo esto (incomparable a las plazas cerradas, por ejemplo), entonces me puse a jugar a patear latas vacías escaleras abajo, y todo se hizo más nítido.

Los sentimientos de Toni y de Yasser (de cada uno hacia el otro), dicho sea de paso, no sabemos si están guionizados por el cine libanés o el yanqui, pero sin duda lo están – la peli es muy explícita en eso, quizás demasiado – por otras fuerzas simbólicas. Y ahí hay una analogía muy clara. La cuestión que me interesa pensar a partir de todo esto es ¿desde dónde pensamos? ¿Con qué imaginerías pensamos? ¿Quién nos pone en la mano la paleta para imaginarnos ante el otro? ¿Puede desandarse ese camino?

Gabriel – Hay un dato curioso sobre la película, del que me alertó una querida colega: el insulto de la escena inicial (subtitulado como “maldito estúpido”), en su traducción literal sería: cornudo consciente. Ahí hay otra relación de alteridad que aparece, el género. No solo hay un juicio que refiere a la condición de palestino como condena al otro, sino sentirse herido por la connotación de cornudo. La herida al patriarcado o a un modelo hegemónico de masculinidad que no puede ni soslayarse en una puteada… 

Daniel – ¡Impresionante, claro! ¿Y por qué lo habrán subtitulado diferente?

Gabriel – Vaya uno a saber… a mí me lo reveló una colega que conoce a su vez a alguien que domina muy bien el idioma. Pero tanto la mala traducción como la connotación del insulto resuenan el asunto en la escuela. Quizás pueda pensarse con un ejemplo: Javier está abrazando a Rodrigo (ambos de tercer grado). Marcela, la maestra, ve esta instantánea. Se acerca a Javier y en una mueca desaprobatoria le indica que no es forma de estar entre compañeros… Ni pregunta, ni acompaña: sentencia. Después sabrá que Javier abrazaba a su amigo porque le contó que se le murió el tío. Pero si así no fuera, o si no existiera ningún motivo, juzgar ese abrazo entre dos varones se constituye un punto de partida de una acción discriminatoria y violenta, que es bien probable que la docente ni perciba. Y escenas como estas, hay para hacer dulce…

Daniel – Qué lindo pensar que las películas nos sirvan para repensar estas formas, estas estructuras que nos condicionan.

Gabriel – Si, en un punto porque las propias estructuras (las herramientas, las maquinas) tienen tal vez un valor metafórico valioso en la película.

Daniel – Es cierto: lo que se le cuestiona a Toni no reside en su persona, en su cuerpo o en sus actos, sino en la forma de su vivienda, en la estructura que habita. ¿No es cierto que suena conocido para el mundo escolar esto de cuestionar estructuras? Y la manera que Toni tiene de rechazar la “reforma” (otra palabra muy escolar) es romper a martillazos las nuevas estructuras que intentan imponerle. Ambos personajes, el vecino Toni y el capataz Yasser, persiguen estructuras y empuñan herramientas.

Gabriel – Así es. ¡Hermosa conversación, sigamos viendo películas!

Daniel – ¡Sí! Hasta la próxima…


Gabriel E. Brener es Licenciado en Cs. de la Educación por la UBA. Especialista en Gestión y Conducción del Sistema Educativo. Profesor en la UnaHur, UBA y en el ISP. J.V. González. Fue Subsecretario de Educación en el Ministerio de Educación de la Nación (2013-2015). Co-autor de “Judicialización de las relaciones escolares. Conversaciones con Philippe Meirieu” (Noveduc, 2019).

Daniel Brailovsky es Doctor en Educación, maestro de nivel inicial y de música, profesor investigador de Flacso/Arg. y formador de docentes. Autor de La escuela y las cosas (Homosapiens, 2012), El juego y la clase (Noveduc, 2011), Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica (Noveduc, 2016) y Pedagogía entre paréntesis (Noveduc, 2019), entre otros.


[1] Calmels, D. Miradas, publicación de RedEA, disponible en http://redea.org.ar/miradas-daniel-calmels/