BUZÓN

48

-“Vení que te vas a encontrar con el buzón”-, me dijo el milico y sonrió. 

¿Qué?, pensé, ¿está Alberto también acá? No puede ser. 

Alberto Tagliata, el tanito de la vuelta de casa, era más bueno que el pan, jugábamos a la pelota en la calle juntos. Le decíamos “buzón” por su boca gigante. Siempre lo cargábamos con ese tema; Omar decía que cuando tenía que decir Jujuy decía Catamarca. Pobre Alberto, se bancaba todo, no le importaba nada de la política y nunca opinaba de nada cuando con Omar y Ricardo, los tres militábamos en la escuela y éramos delegados de nuestros cursos, hablábamos de Perón. Creo que ni sabía quién era el “viejo”. Cuando Perón se murió, vino contento porque lo habían dejado salir antes de la escuela. Nosotros tres, en cambio, estábamos con cara de velorio. 

-Ché, ¿qué les pasa?- 

-Murió Perón .  dijo Omar casi llorando. 

-¿Y?, ¡Dejate de joder boludo! ¡A quién le importa! Vamos a jugar a la pelota, que hay partido con los del otro lado del arroyo-, dijo Buzón. 

Todos vivíamos a media cuadra del arroyo Sarandí, una zona de laburantes en el conurbano sur. Los tres lo empezamos a putear.

-“Tomátelas, infeliz”,- le dije, -a nosotros sí nos importa, ¡vos vivís en una nube de pedo pelotudo!- 

“Se viene la noche”- , dijo Ricardo, sin saber todavía lo proféticas que serían sus palabras.

Cuando llegué a ese lugar, Alberto no estaba, en cambio el milico me empujó hacia adentro de una habitación chiquita. Ya ni me acuerdo si entré de noche o de día. Alcancé a apoyar una mano en la pared para no caerme. La puerta se cerró enseguida. El ruido fue tan fuerte que me pareció escuchar que el mundo quedaba del otro lado.

Después vino el silencio.

No era un silencio como el de la biblioteca de la escuela. Era otra cosa. Un silencio espeso, podía sentir mi propia respiración. No había ventanas; una penumbra producto de una luz que pasaba por debajo de la puerta no me dejaba ver nada hasta que mis ojos se acostumbraron a esa especie de caverna.

Al principio traté de calcular el tamaño del lugar. Estiré los brazos. Toqué una pared, después la otra. Caminé dos pasos y choqué con el hierro de la puerta. Pensé que, si me acostaba de costado, quizás entraría entero. Estuve sentado un rato, no sé si fue media o una hora, con la cabeza sostenida por mis manos. Me convencí de que aquello no podía durar demasiado. No entendía demasiado.

Estaba en un lugar que no sabía qué era ni dónde estaba. Junto con otros, me llevaron en un camión, de noche, desde la comisaría donde estábamos detenidos, acusados de “subversión” escuché. Mi único “delito” era haber militado en el centro de estudiantes de la escuela donde hacíamos dos hojitas con boludeces de pendejos de 16 y 17 años.

Después de un largo rato -no sé cuánto tiempo, pero debió ser bastante porque la luz que pasaba por debajo de la puerta ya no estaba y la penumbra inicial ya era oscuridad- empecé a dudar.

La oscuridad era tan pareja que mis ojos ya me dolían tratando de “ver” algo. Me asaltó una modorra insoportable y ganas de mear y cagar. Apretando mi cara a la puerta grité: –“¡Ché! ¿Hay alguien ahí? ¡Quiero ir al baño!”- 

Silencio. Nadie respondió. Después de unos minutos, ya era evidente que nadie respondería y mis necesidades fisiológicas aumentaban. Al entrar había visto un tacho en un rincón. Medio me arrastré en la oscuridad tanteando para encontrarlo. Era mi única posibilidad para resolver mis urgencias. Hice lo que pude en el tacho, a ciegas, el olor que subió enseguida se quedó a vivir conmigo en el aire espeso. Me limpié con un pedazo de mi propia remera que arranqué como pude, tirando con los dientes. Después me volví a tirar al piso, pegado a la pared tratando de alejarme del rincón del tacho, aunque la baranda de mi propia mierda empezó a invadir todo el espacio y, curiosamente, me trajo el recuerdo del baño público de la estación Constitución. Los que tuvieron la desagradable experiencia de pasar por ahí saben a qué me refiero.

Parece raro que mi primer recuerdo haya sido el olor a meo y mierda del baño de Constitución. Me sentía literalmente adentro de uno de los inodoros de ese espantoso lugar. 

Ahí, tirado en el cemento frío, me cayó la ficha de lo que el milico me había querido decir. No era Alberto. El «buzón» no era el tano bueno de la vuelta. El «buzón» era esto. Una caja de cemento donde te metían a oscuras, estrecha como un sobre, incomunicado de todo, esperando que el cartero te venga a buscar para el destino final.

Me quedé dormido sin darme cuenta. Cuando desperté la luz por debajo de la puerta estaba de nuevo. Pasaron horas creo, no sé, ahí adentro ya no tenía noción del tiempo. Lo que me hacían ruido eran las tripas de mi estómago. 

El ruido de la cerradura de la puerta me sonó como un tiro. La puerta se abrió de golpe y la luz de un tubo fluorescente del pasillo me pegó en los ojos como si me clavaran dos agujas. Me tapé la cara, llorando del dolor y del cagazo.

-“Dale, ¡arriba, pendejo de mierda!”-, dijo una voz gruesa y pastosa. ¡Salí del buzón que te busca el cartero! y escupió una risotada eléctrica.

Dos manos firmes me agarraron de las axilas y me sacaron a rastras. Las piernas no me respondían, eran de trapo. Mientras me arrastraban por el pasillo gris, con la venda ya puesta en los ojos que me devolvía a la ceguera, lo único que le pedía a Dios, o a Perón, o a cualquiera que estuviera escuchando allá arriba, era tener la suerte de Buzón. Volver a ser un ignorante, volver a estar limpio, y que todo esto no fuera más que una pesadilla de la que me iba a despertar con el grito de mi vieja llamándome a tomar la leche.