
Este relato comienza el 24 de marzo de 1976. Yo empezaba 1° año en el Colegio de monjas donde había cursado toda la primaria. Mi mamá me dijo que no había clases por el golpe militar, que “era obvio que iban a subir de nuevo los militares porque había mucho lío en el país”. Yo me puse contenta porque no había clases.
Con mi familia participábamos mucho de la vida en la Parroquia de mi barrio, yo estaba en el grupo pre- juvenil, nos reuníamos chicos y chicas de mi edad para ir de campamento aprendiendo cada sábado algo parecido al scoutismo, a la noche hacíamos “asaltos” en alguna casa, preferentemente en la mía porque había un patio y un tocadiscos Wincofon con dos parlantes. Nuestra picardía era poner un long play “Exclusivo para disc jockeys”, todos lentos enganchados para que la juntada durara un poco más cuando nos venían a buscar los adultos.
En la Parroquia había un seminarista joven que en poco tiempo se ordenó de cura con el cual aprendimos muchas cosas peligrosas para esos tiempos: comunidades eclesiales de base, opción por los pobres, películas que denunciaban injusticias, pesebres con José y María obreros y un Jesús pobre, naciendo en una casa pobre, para horror de las viejas que hicieron una colecta y compraron un niño Jesús de yeso rubio y de ojos celestes “como debe ser padre”. Ese cura había hecho cambios grosos en la Parroquia: recuerdo la fuente bautismal, una cascada hecha con adoquines que el cura traía de a uno en un bolsito cuando cruzaba la vía, simulaba una cascada y tenía muchas plantas traídas por las doñas. Nos sentábamos en círculo en las misas, varios escalones circulares que iban bajando lo permitían y el altar quedaba abajo, en el centro, estaba hecho con medio tronco cortado y cubierto con un aguayo, bien progre.
La Catequesis para la Primera Comunión estaba a cargo de jóvenes catequistas entre lxs que estaba mi hermana mayor. Yo empezaba el secundario y ella lo estaba terminando. El material lo armaban entre todos y lo imprimían en forma de cuadernillos muy sencillos que presentaban a un Jesús del pueblo que vivía encarnado en la historia del tiempo en que le tocó vivir, siempre en contra de los poderosos y a favor de los humildes.
Un día ese cura no pudo quedarse más a dormir en la Parroquia “lo andaban buscando”. Algunas noches dormía en casa, en un viejo sofá del comedor. Mi hermana y los catequistas también se reunían en mi casa. Venían de a uno y se iban de a uno, “había estado de sitio, decían, es peligroso reunirse”. Hasta que ese cura tan querido se tuvo que exiliar en Francia. Las cartas que enviaba desde allí por correo eran desgarradoras, contenían testimonios de sobrevivientes de los Centros Clandestinos. Mis viejos guardaban esos textos hasta que un día por miedo decidieron quemar todo en el fondo de mi casa.
De buenas a primeras llegó otro cura a la Parroquia, pertenecía a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Gente desconocida lo buscaba y él la acompañaba a hacer denuncias al Buenos Aires Herald. A veces no estaba por un tiempo y después aparecía distinto, con barba o sin barba, con otros lentes, otro peinado. Lo invitamos a mi cumple de 15, la fiesta fue en mi casa, cubrimos el patio con lonas porque hacía frío en junio, el sábado víspera de la final del Mundial ‘78. “Veinticinco millones de argentinos, jugaremos el Mundial”, sonaba la canción por todas partes. El domingo nos fuimos con los pibes del grupo juvenil, subidos a la parte de atrás de un e un camión, a festejar al obelisco. En la Parroquia lo querían menos que al otro cura, el exiliado, porque estaba en otra y no pasaba tanto tiempo en la Parroquia. Era un tipo muy culto, menos campechano. Con él leímos el documento de Puebla, me acuerdo, y a veces nos contaba algunas cosas que estaban pasando, escuché palabras como Centros Clandestinos, nos describía torturas que me dejaban a la noche sin dormir.
Llegó 1980, terminó mi secundario, enterito en dictadura, con algunos pocos profes que se animaban a decir algo sobre lo que pasaba y dejaron huella. Mis viejos diciéndonos que no habláramos con nadie de lo que sabíamos. Yo sólo compartía con una compañera que estaba en la misma, el cura de su Parroquia había salido para Ezeiza escondido en el baúl de un auto, alguien de la jerarquía eclesiástica lo había salvado, también lo buscaban. Adolescencia en ebullición, un volcán de rebeldía por dentro y no poder hablar con nadie. Saber lo que estaba pasando y callarlo. Odiaba a mis superficiales compañeras que sólo hablaban de los 15 en grandes salones de fiesta, a los que no me invitaban porque no era de la élite, o del boliche al que habían ido el sábado. En ese Quinto año 1980 recuerdo un suceso inolvidable, una compañera hizo un dibujo “pornográfico” que quedó debajo del pupitre, alguien de limpieza lo encontró y se lo entregó a la monja Directora. Quisieron saber quién era la autora pero nadie la delató. Nos llamaron por grupos, según orden alfabético de nuestros apellidos, para tratar de averiguar pero no les fue posible. Entonces nos sacaron la posibilidad de llevar la bandera. Las abanderadas serían de Cuarto año, como castigo ejemplar para las obscenas alumnas de Quinto. Cuando me llamaron a declarar todo el silencio y la rebeldía acumulada estalló y brotó como lava de un volcán, ahí nomás le dije que si nosotras no éramos dignas de llevar la bandera menos lo eran los milicos que tenían sus manos manchadas de sangre de sus propios compatriotas.










