EL PAÍS DEL PORRAZO

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Todos alguna vez nos dimos un golpe, un porrazo de esos que son inolvidables… Y cómo duele!!!

Mateo era un niño feliz, vivía en un país en el que el sol bañaba sus costas de hermosos rayos dorados, un país en que la gente soñaba con derechos para todos. Donde la patria grande se construía día a día. Uno en el que se abrazaban libertades por las que se habían luchado con honor y gloria. Una tierra bendecida por una Ley Suprema, la Constitución Nacional y donde a sus habitantes se les reconocían derechos por el solo hecho de ser humanos; donde jóvenes, adultos y niños podían estudiar y expresar sus ideas, acceder a los libros y a la música que hacían a las diferentes manifestaciones culturales. Mateo vivía en un país maravilloso, mundialmente reconocido por su gente, su tierra y su valor. Mateo vivía en Argentina. Un mañana se levantó bien temprano, tomó su mate cocido con leche, comió pan con manteca y dulce de leche, se puso el guardapolvo blanco planchado y almidonado. Tomó su portafolio marrón de cuero y se dispuso ir a la escuela. Mientras recorría las dos cuadras que lo llevaba hasta su escuelita, saltaba, como quien juega a la rayuela, su madre iba atenta, cuidando de que no se caiga, pero Mateo era inquieto por naturaleza y fue así que frente al gran portón de rejas verdes, se cayó y se lastimó la rodilla. Mateo no dejaba de llorar, su mami lo abrazó con fuerza y lo consoló. Mami! Mami! Me di un porrazo!!! Cómo duele!!!! -Lloraba desconsolado Al pequeño niño le gustaba ir a la escuela, por lo que entre lágrimas y mocos, mocos y lágrimas se pasó el puño de su impecable guardapolvo por el rostro, se secó un poco, y corrió hacia su maestra. En la escuela existía una biblioteca enorme, llena de libros, con historias y dibujos, historias que lo llevaban a lugares impensados; a través de ellos conocía animales de los que jamás había escuchado, de plantas que nacían en el agua, de banderas de países que estaban lejísimo, de un elefante que ocupaba mucho espacio y un sinfín de cosas que estaba dispuesto a conocer.

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Ese 24 de marzo, cuando el otoño comenzaba a pintar las hojas de ocres, naranjas y rojizos, sobre la Nación Argentina se posó una nube muy oscura, amenazante, siniestra. De repente ese hermoso país en el que Mateo era feliz, sufrió el más duro de los golpes que un pueblo puede vivir, un manto de ideas oscuras fue alcanzando cada rincón. Esa mañana los niños de 2° A estaban escuchando en la biblio La torre de cubos de Laura Devetach, la seño leía y la imaginación volaba ilimitadamente. Fue entonces cuando un ejército vestido de verde oliva ingresó a la escuela. A los niños le dieron recreo libre, pero las maestras no estaban muy contentas, y según los chicos del barrio contaron, en sus escuelas y en todas las escuelas pasaba exactamente lo mismo. Los uniformados formados en una larga fila y con paso pesado se dirigieron a la biblioteca, el lugar donde se encienden las luces de las ideas, e intentaban apagarlas. Cada uno hacía una pila de libros y en brazos se los llevaban. Los niños en el patio, miraban boquiabiertos como se dirigían a un camión donde dejaban los cuentos, las novelas, las enciclopedias…

Se llevaban los libros!!!! Les robaron!!!! Les robaron el elefante que ocupaba mucho espacio, El país que no quería ser gris, El Principito… Se llevaron todos aquellos ejemplares que llenaban la mente y la imaginación de quienes los leían, los prohibieron y ni siquiera se los podía recordar. Porque para esos hombres vestidos de verde oliva, leer era peligroso, pensar aún más y qué decir de opinar…!

Durante un tiempo la tristeza caminaba por la escuela, Mateo recordaba la mañana en que se cayó de rodillas, cómo dolía, cómo dolía, pero ya no era un dolor físico, sino uno en el alma de quien ansía aprender. El pueblo quedó silenciado, la censura se había instalado para quebrantar voluntades, para apagar el pensamiento, para robar las alas que nos permiten volar. Pero en cada hombre, mujer, joven, niño, en cada ser humano anida el soplo de la libertad y contra toda oposición, toda censura, un grupo de maestros lograron salvar algunos libros del fuego de la ignorancia. Los guardaron como tesoros. En ocasiones, en algunas pocas, esos libros lograban llegar a las manos de aquellos niños para los cuales habían sido escritos. Pasaron otoños, inviernos, primaveras y veranos, Mateo había crecido privado de la posibilidad de escuchar o leer aquello que había surgido de las voces de su Patria.

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Pasaron los años, el sol calentaba como hacía mucho tiempo no lo hacía, la nube negra se había retirado. Poco a poco los libros volvieron a las escuelas, una nueva oportunidad para muchos, las bibliotecas volvieron a estar llenas de historias y Mateo en ocasiones los visitaba. Juntos disfrutaban de rondas de narraciones, que invitaban a pensar y también a recordar que la fuerza represiva no debe doblegar a la humanidad NUNCA, NUNCA MÁS.