EL TANQUE DE GÓMEZ

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Ese verano el tanque de agua hacía ruido. No era un ruido fuerte. Era un crujido lento, como si el metal se acomodara cada vez que el sol caía de lleno sobre el techo. En el pueblo todos los tanques hacían ese ruido a la siesta, pero ese año parecía escucharse más. Tal vez porque el resto estaba demasiado quieto.

Las calles quedaban vacías después del mediodía. Las persianas bajas. Algún perro durmiendo bajo la sombra corta de un árbol. El aire temblando arriba de la tierra.

Yo pasaba las siestas en el patio. Desde ahí se veía el fondo de la casa de Gómez: un terreno largo con un gallinero torcido y el tanque de agua apoyado sobre cuatro patas de hierro.

Antes siempre había alguien moviéndose por ahí. Gómez saliendo con el mate. La mujer barriendo. El hijo arreglando la bicicleta. Después no.

La casa seguía abierta. Las ventanas también. Pero ya no se veía a nadie. En el pueblo nadie explicaba demasiado esas cosas. En el almacén se hablaba de la lluvia, del precio del gasoil, de un campo que se había vendido sobre la ruta. Si alguien nombraba a Gómez, la conversación cambiaba de tema con una facilidad que parecía practicada. -¿Y el calor que está haciendo?- decía alguno. Las cosas seguían.

A la noche mi viejo escuchaba la radio en la cocina. El volumen muy bajo. Tan bajo que parecía que la radio estaba pensando más que hablando. Una vez mi vieja preguntó algo. Mi viejo levantó la mano. 

– Shhh- Después apagó.

El verano avanzaba despacio. Las chicharras empezaban a gritar a la tarde y el olor de la tierra caliente se quedaba pegado en las paredes. El tanque de Gómez seguía crujiendo. A veces, cuando el sol caía fuerte sobre el hierro, parecía que el ruido venía de adentro del tanque. Como si algo se moviera en el metal.

Una tarde mi viejo salió al patio y se quedó mirando para ese lado.

-Qué raro todo- dijo.

No supe si hablaba del tanque o de la casa. 

El hijo de Gómez no volvió más a la escuela. La bicicleta siguió apoyada contra la pared del gallinero durante meses. Después un día desapareció también. Nadie preguntó nada.

En el pueblo el tiempo siguió pasando como siempre. Llegó el otoño. Después el invierno. La casa de Gómez se fue apagando despacio, como una luz que nadie se acuerda de encender. Un día vinieron unos hombres y cerraron las ventanas con tablones. El tanque siguió ahí arriba.

Años después tiraron la casa abajo.

El terreno quedó vacío un tiempo largo: pasto alto, algún yuyo seco, la sombra del tanque marcando un rectángulo en la tierra. Después alguien compró el lote y levantó una casa nueva.

El tanque ya no está.

Pero cada vez que vuelvo en verano y el calor cae sobre los techos del pueblo, todavía se escuchan los crujidos del metal en las siestas. Y por un momento parece que el tanque de Gómez sigue ahí. Respirando despacio arriba del patio vacío.