
Estaba jugando a saltar la soga con mis amiguitas Alicia y Analía. Corría el año mil novecientos setenta y seis.
Alicia, rubia de ojos azules, una niña muy sufrida. Su mamá; Lola se alcoholizaba cada dos por tres.
Analía, la morocha de mirada penetrante era la más fuerte de las tres. Su familia era tucumana.
Las tres jugábamos plácidamente en la vereda de Doña Antonia. La cuerda giraba, la cuerda larguísima. Como pueden ser algunas vidas. Otras no tanto, se van rápido, ya sea para convertirse en ángeles o demonios. Hacíamos saltos coordinados, inventando alguna canción con rimas:
“A la tijereta que se abre y se cierra, Yo toco el cielo, Yo toco tierra”. Las hojas secas, doradas, ocres, sonaban a nuestro ritmo.
– ¡Hola Ali! – ¿Cómo estás? – Preguntó Analía.
– ¡Mal!
– ¿Y vos, Sandra?
– Mal.
– ¡Chicas! – Dijo Analía – Mis padres tucumanos ya me contaron todo. – ¿Todo qué? – Pregunté.
– Que están pasando cosas raras, feas, que hay gente torturada, que se roban chicos y agregó:
– Lo único que sé es que, si nos preguntan algo, debemos responder: “No sé”. – ¿O no vieron lo que pasó con Doña Antonia?
– Mi viejo me dijo que siempre hay que responder con un gesto, una mirada. – ¿Entienden?
– ¡Bocas cerradas! No vemos, no escuchamos.
– ¡Más que nunca las tres debemos estar unidas!
En días anteriores habíamos sido testigos de algo terriblemente horrendo. De repente, de forma súbita paró un camión robusto y verde. Vimos botas, eran muchas. Cruzamos la vereda escondiéndonos detrás de un montón de achiras de Doña Esther.
Nuestra vecina, Doña Antonia, mujer corpulenta de cabellera lacia y larga, estaba siendo arrastrada por varios “milicos”.
Así recorrió los veinte metros desde su casa a la vereda, dejando cabellos enredados en el barro negro, tan sucio como hilos de babosas. Doña Antonia dejó sus huellas: sangre. Por la boca escupía saliva y tenía la nariz rota. No era tomate, no, ni témperas de las que usábamos en la escuela, era sangre.
La misma sangre que duró siete años y medio.
Alicia dijo:
– Me hago pis.
– Aguanten, ya se van a ir- le contestó Analía
Yo tenía muchas ganas de vomitar y gritar, de pedir ayuda.
– Shhh, bocas cerraditas – repetía Analía.
Miedo, terror, horror, seis ojitos onceañeros llenos de lágrimas de cristal. Los vecinos comentaban – Y… Algo habrá hecho.
Doña Antonia y Don César tenían un hijo.
Según la teoría racista de mi padre: – ¡Qué bebé negrito!
Hoy quedan en mi memoria los gritos de Doña Antonia y el llanto agudo e intenso del bebé envuelto en una frazada rasgada y agujereada cargado como un muñeco por un soldado de ojos enormes, era el más chico de todos. También tenía los ojos con cristales rotos que corrían por sus mejillas. Mi madre tenía el único kiosco del barrio. La ventana del localcito actuaba de confesionario.
Ese día Analía, Alicia y yo llegamos ya siendo noche, a nuestras casas. Al fondo de la nuestra mi padre hizo un pozo hondo y profundo, el mismo pozo donde alguna vez enterró a mi perro “El Mono”. Allí metieron revistas, fotos y libros. Yo pregunté:
– Mamá ¿Qué está pasando?
– Nada, gordita, nada y no le cuentes a nadie. ¡Pero a nadie! ¿Me entendés?, hizo como que me iba a dar un sopapo con su mano abierta. Lógicamente, yo se lo esquivé.
Ella nunca me había levantado la mano. Seguramente quería que comprendiera que debía cerrar la boca.
La semana siguiente apareció Doña Antonia, flaca, desgarbada, cadáver viviente. Lo extraño era que su bebé de unos nueve meses, no.
2
Su familia no se comunicaba mucho con el resto de los vecinos. Don César, alguna vez le conto a mi padre que se equivocaron de persona, que buscaban a otra mujer tucumana de la misma calle San Nicolás.
Papá le preguntó por el bebé y Don César le reveló que no sabían nada de él; del Gustavito
La vida, los sueños, el destino nos corrió del camino a Analía, a Alicia y a mi. Hasta que, por pura casualidad, un domingo nos reencontramos en un baile, cuando teníamos dieciséis años. Sirvió para ponernos al día. Alicia fue la primera en preguntarme:
– San: ¿Por dónde andás que no te veo en el barrio? –
– Estudio y trabajo en Barracas, contesté
– ¿Y de Varela te vas hasta Barracas? ¡Estás loca! – Dijo Analía. – No – Asentí. Necesitaba cambiar de aire, quiero ser docente. Me anoté en un bachillerato pedagógico. Es un Liceo.
– ¿Y vos Analía? – Pregunté.
– Mis viejos para protegerme me mandaron a Comodoro Rivadavia, con unos tíos.
– ¿Y ellos?
– No sé mucho. Mis tíos me cuentan muy poco, creo que se fueron a Brasil. – ¿Lo dejaste a Adolfo? ¿A tu novio? – Le preguntó Alicia intrigada. – Está en Córdoba, me contaron que se anotó para ser piloto. – ¿Se escriben? – Dijo Alicia.
– ¡No! ¡No! – Expresó Analía.
Yo lo sabía porque a la que le escribía cartas y poesías de amor era a mi. No fue hipocresía, yo era una turgente y febril adolescente.
Allá por mil novecientos ochenta y tres, Gustavo fue encontrado por sus padres con la intervención de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Estaba en el sur con sus apropiadores.
Luego vinieron desde el cielo otros vientos: llamados: “Democracia”. Tal vez, ese nombre le hubiera cabido bien a mi hijo nacido en mil novecientos ochenta y tres.
Hoy, Gustavo tiene cincuenta años. Es policía. Lo cruzo en el barrio. Y veo a Doña Antonia y a Don César paseando a su nieto como el más preciado de sus trofeos.










