SUSTITUCIÓN DE VOCABLOS

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Nací el 4 de marzo de 1982, todavía estaba la dictadura en nuestro país, tal vez por esa razón siempre algo me unió a ese hecho de nuestra historia reciente. En mi casa siempre se habló del tema, no era tabú, era algo de lo que se charlaba abiertamente y siempre hubo también una actitud de escucha a quien quisiera hablar del asunto. 

Cuando era chica le decían “El Golpe”, como si fuera una palabra con entidad propia. Yo escuchaba hablar del Golpe y a mi mente acudían imágenes sueltas como puños cerrados golpeando una mesa, o un escritorio, o un cuerpo, un choque, una caída, un sacudón que te deja perplejo sin saber qué hacer, dónde ir o a quién acudir. “El Golpe”. Por ese entonces no tenía nombres propios, o mejor dicho, yo todavía no los conocía. Pero lo que sí pude darme cuenta ya desde pequeña es que ese tal “Golpe” no era bueno, con nadie, para nadie, y lo único que hacía, como todo golpe, era lastimar.

Pasaron algunos años, la dictadura terminó, volvió la democracia, se realizó el Juicio a las Juntas y poco a poco pude entender que “El Golpe” se asoció a otra palabra: militar. Ahí sí pude empezar a poner nombres a esa etapa, y caras. Horribles, abominables e inolvidables nombres y rostros de asesinos encubiertos de defensores de la patria. 

En la escuela secundaria también se hablaba de esto, con esas palabras exactas: “Golpe militar”. Bajo esa denominación general se ponían a los responsables de hechos atroces cometidos a jóvenes, obreros, estudiantes, trabajadores y niños. Parecía que nadie se salvaba y los culpables estaban perfectamente señalados pero bajo un término colectivo que les seguía garantizando un poco de anonimato. Entonces las imágenes de mi cabeza cambiaron y eran uniformes, botas, Falcon verdes en las madrugadas, gritos, llantos, desesperación, muerte, desapariciones, angustia, rondas, pañuelos, lucha.

Terminé la secundaria y me fui a estudiar a otra ciudad. Ciudad más grande, otra gente, otras costumbres, otros ritmos, otras palabras. La palabra que se repetía cada 24 de marzo era “Dictadura militar”. Me pareció que el cambio de denominación se refería de manera más contundente a lo que se vivió en esos años. Justamente porque los gobernantes que asumen el poder absoluto sin limitaciones de ningún tipo, ejerciéndolo de manera autoritaria, brutal y cruel y desconociendo el estado democrático en el que vivían los ciudadanos es eso, un dictador. Y en mi mente aparecen bigotes, Chaplin, condecoraciones, Videla con saco verde sentado en sillón marrón, festejos por el mundial 78, Galtieri hablando por cadena nacional y la Plaza de Mayo llena y aplaudiendo, Massera con traje blanco, Massera caminando tranquilo y violando la prisión domiciliaria, Agosti uniformado de azul con la banda celeste y blanca cruzándole el pecho en la asunción de la Junta Militar, las Madres, las Abuelas, los nietos, los reclamos, la lucha que va creciendo.

Terminando la carrera fue tomando forma un concepto más acabado de las implicancias y responsabilidades de lo sucedido en aquellos tiempos. Se hablaba de “Dictadura cívico militar” y me pareció acertado. No desconocer la responsabilidad civil, sí, civil. Tipos como vos y como yo que tomaron parte de todos los crímenes de la época. Algunos por miedo, otros por conveniencia y otros, estoy segura, porque aprovecharon el derrame de odio para sacar lo más sórdido y turbio que llevaban dentro. Hombres, mujeres, empresarios, religiosos, cómplices de los uniformados de colores que fueron la cara visible desde el primer momento. ¿Acaso no es peor esconderse tras el abusador? Te convierte, además de agresor, también en cómplice. Las imágenes de mi mente durante esa época son los rostros del ex Capellán de la policía de la Provincia de Buenos Aires Christian Federico Von Wernich, de Víctor Hermes Brusa y Otilio Romano (jueces) Marcos Jacobo Levin, Pedro Müller y Roberto José Pellegrini (empresarios de La Veloz del Norte, Ford Motor Argentina y Acindar) y los que murieron de manera impune, como la pareja famosa de la yerba y el azúcar: Adolfo Navajas Artaza y Carlos Pedro Blaquier (de Las Marías e Ingenio Ledesma).

Y los que aún faltan condenar… y de los que no conocemos su nombre, ni su rostro… me da miedo pensar que siguen caminando entre nosotros como si nada, o peor, como si hubieran hecho un bien, una contribución a la sociedad. 

Y ese miedo se renueva cada vez que veo una imagen de alguno de los desaparecidos, cuando escucho la palabra de alguna de las Abuelas, o de las Madres, o de los hijos de aquellos que no están, cuando escucho los pedidos de Justicia, Verdad y Memoria renovados cada 24 de marzo. 

El miedo me recorre, lo siento en el cuerpo y se instala en mi mente como una cavilación que abandona el mundo de lo abstracto y se vuelve palpable, pesada, oscura y entonces entiendo la última definición: Terrorismo de Estado. 

No es el miedo convencional a algo real, es terror. Es la máxima expresión del miedo, que es instintiva, que paraliza, y que proviene de la incertidumbre. Eso es lo que sintieron los 30.000 desaparecidos y las incontables víctimas de un proyecto perverso diseñado para eliminar la disidencia, lo diferente. Y eso es lo que seguiremos sintiendo hasta llegar a la última verdad.

Tal vez por esto soy profesora de Lengua y Literatura, porque analizo las palabras, porque entiendo que las palabras tienen un poder colosal a la hora de nombrar, de señalar, de declarar, de decir. No es lo mismo un término que otro, y en estos 50 años hemos estado buscando, como sociedad, aquellos vocablos que representen de manera más específica lo que se vivió. Los vocablos se van sustituyendo para representar mejor la realidad. Por eso las palabras cambian, pero los hechos no.

Lo sucedido fue un golpe, llevado a cabo por militares que hicieron lo que quisieron, por eso eran dictadores, pero no lo hicieron solos, lo hicieron todo con la complicidad de civiles que gozaban con esas circunstancias o se enriquecían o las dos de manera simultánea. Y eso generó y sigue generando terror. Y lo hizo el Estado.

Más que nunca, a 50 años, elevemos nuestra voz para seguir exigiendo Memoria, Verdad y Justicia y sobre todo, que esto no ocurra Nunca Más.