LA CHICA QUE VIVÍA CON LOS ABUELOS

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Me había acostumbrado a verla. De vez en cuando jugábamos con ella y con mis hermanas. En la escuela pasaba un poco desapercibida: algo tímida y chiquita. Es raro que mi hermana se haya acercado a ella, o tal vez fue al revés. Algunas veces nos invitaba a su casa.

Su casa estaba dentro de un campo deportivo: había canchas de tenis y un amplio terreno para correr. Las piezas eran grandes, el comedor enorme y el baño todo completo. Un sueño para mí, más aún en comparación con el barrio en el que vivíamos. Nosotras no teníamos casa: vivíamos un poco en cada lugar; un poco en lo de mi abuela, un poco en una casa que nos prestaron, un poco aquí y allá…

Mi papá trabajaba en la Municipalidad y a veces militaba en un grupo del Partido Radical. Ellos tenían un poco más de plata: casas con jardines, pileta y terminadas. Nosotras éramos las chiquitas pobres que se juntaban con ellos.

-¡Ay qué limpitas!- nos decía la señora Susana. Y mi hermana reventaba de odio: quería decir “a pesar de ser pobres”, pero yo no me daba cuenta, solo me interesaba que me inviten a la pileta. Íbamos preparadas para meternos, con la malla y la toalla, pero esperábamos en un rincón bastante rato hasta que nos decían si nos queríamos meter. Me daba bronca esperar.

Y ella, la amiga de mi hermana, la recuerdo como una chica triste que vivía con sus abuelos.

-¿Y tus papás?- le pregunté un día.

-Se los llevaron- nos contó y su cara se ensombreció. Pero no dijo nada más.

Jugábamos cantando, bailando, corriendo por todos lados, a veces a la paleta. Nos llevábamos muy bien. Hasta nos invitó a un festival del centro deportivo. Había bandas de música conocidas que nos invitaron a bailar en el escenario.

Sus abuelos la iban a buscar a la escuela. Me resultaba raro. Mis abuelas venían de visita o me quedaba a dormir en sus casas, pero nunca me fueron a buscar a la escuela.

-¿Tus papás murieron?– insistía yo.

-No sé- y miraba para otro lado. Nunca contestaba cuando se trataba de sus papás. Y a mí me daba mucha intriga.

De repente no la vimos más. 

Simplemente un día dejó de ir a la escuela y nadie preguntó. Pero siempre tuve la duda. ¿Qué habrá pasado con ella? ¿Se habría vuelto a mudar? Qué lástima no ir más a su casa a tomar la leche: había galletitas de las caras.

Muchos años después, cuando ya no me preocupaba tanto por las cosas materiales, tenía mi propio trabajo e ideas, supe la historia de los Desaparecidos de la Química Mebomar de El Jagüel. Una maestra que tomó una suplencia en la escuela donde yo daba clases de música me dio un DVD.

Era un documental con testimonios de familiares de los trabajadores desaparecidos en la última Dictadura, por exigir condiciones de trabajo y cuidado de la salud en la fábrica. Se los llevaron y los mataron en lo que los militares llamaban “enfrentamientos”.

Y ahí estaba. Estoy segura de que era ella: esa misma forma de mirar, creo que hasta tenía el mismo corte de pelo y mi edad. La chica que vivía con los abuelos.

Se me estrujó el corazón y un nudo atravesó mi garganta. La imagen reapareció enseguida. La escuché contar su historia, junto a otras hijas y esposas de obreros y delegados que se habían organizado en una química tóxica para exigir salud, para pedir mejores condiciones.

Nunca lo había pensado. No se me ocurrió asociar una idea con otra.

Aunque, claro, yo era una nena cuando jugaba con ella y no tenía idea de lo que había pasado en el país. Incluso después, cuando lo estudié en el profesorado y lo trabajé como docente, cuando supe historias de desaparecidos e hijos que quedaban solos, nunca me había acordado de ella.

Entonces, cuando la vi, supe del dolor que había sido vivir con sus abuelos: de esperar todos los días que se abriera la puerta para que ellos volvieran, de extrañarlos, de hacer silencio sobre lo que les había pasado.

A pesar de no haber vivido nada parecido, me identifiqué con ella: con su dolor y su espera. Con el dolor de los 30.000 y de sus familias. Pensé en la tortura, en la desaparición y la desesperación, en el miedo y la mentira.

Cada vez que puedo, paso el video de los desaparecidos de la Química Mebomar en la escuela. El nudo en la garganta nunca se me va, pase el tiempo que pase. Los alumnos y alumnas conocen y también se estremecen. Esa es mi tarea: descubrir, develar, ejercitar la memoria, para que no haya más chicas que tengan que vivir con sus abuelos porque a sus papás se los llevaron, ni vivir con miedo, ni extrañar a nadie. Para que nunca más.