TREINTA AÑOS DESPUÉS

18

Treinta años. Sí, treinta años sin vernos, sin hablarnos, ni siquiera contacto por medio de las redes, nada. 

Recuerdo en una ocasión haberlo encontrado en las páginas del Facebook, y mandarle la solicitud de amistad, que nunca contestó. Siempre dudaba en contactarme con él. Porque habíamos tenido una pequeña discusión, hacía más de treinta años.

Un día, sin imaginármelo, fue como algo del destino; habíamos hablado con mis compañeras, en una cena la noche anterior, sobre las cosas que debemos sanar, las constelaciones y otras yerbas del mismo tenor. ¿Qué fue lo que ocurrió?, sonó el celular, y para sorpresa mía, era mi hermano. A lo largo de la conversación, las lágrimas se me caían porque, no podía creer estar hablando con él.

A partir de esa llamada nos mensajeamos todos los días, a la mañana, a la tarde, a la noche. Hasta que se programó el encuentro para la época de navidad.

Cuando finalmente pudimos encontrarnos, yo no sabía que ese encuentro iba a cambiar muchas de las cosas que creía conocer sobre mi propia vida, y la de mi hermano.

Mi hermano era militar, yo lo sabía por supuesto, pero una cosa es saberlo, y otra cosa muy distinta es sentarse frente a él mirarlo a los ojos y escuchar todo aquello que habíamos cargado durante tantos años.

Las primeras conversaciones fueron cautelosas, hablábamos de la familia, de las pocas veces que habíamos compartido juntos lugares, familiares y también donde habíamos vivido.

Si, porque en realidad, nunca entendí por qué nosotros no compartimos nuestra niñez. Mi hermano vivía en Tucumán y yo en Buenos Aires. Él se había criado con mi abuela y yo con mi mamá.

Pero inevitablemente a través de las charlas que fueron surgiendo en ese encuentro, aparecieron otros temas. Temas difíciles, temas que parecieron esperar desde décadas.

–Vos no entendés cómo eran las cosas en aquel tiempo-, me decía. Y entonces comenzaba a mostrar un álbum de cuero marrón, lleno de recortes de diario y de documentos todos amarillentos por el paso del tiempo. En ellos aparecían noticias sobre atentados, enfrentamientos y muertes.

-La gente vivía con miedo- me explicaba. Había organizaciones armadas, había violencia por todos lados, el país estaba roto.

Yo escuchaba. Trataba de comprender. Le preguntaba por los montoneros, por la situación política, por las leyes, los decretos que existían entonces. Él hablaba de órdenes, de mandos, de responsabilidades y de una realidad que, según él, era imposible de entender desde el presente.

A veces mencionaba decisiones tomadas por el gobierno de aquel entonces. Otras veces hablaba de la obligación de obedecer esas órdenes. Pero había una pregunta que yo terminaba haciéndole: -¿Y las muertes?- Nunca respondió exactamente lo que yo esperaba escuchar. Nunca dijo las palabras que yo imaginaba. En lugar de eso, volvía a hablar de la guerra interna que él creía haber vivido, de los enfrentamientos, de los peligros, de los compañeros que había perdido y de la convicción que tenía de aquellos años de estar, decía, cumpliendo con su deber. 

Yo insistía: -¿Pero y las personas que asesinaron?, ¿cómo poder convivir con eso?-. 

Desviaba la mirada, tomaba otro recorte, me mostraba otra noticia, volvía a hablar de las bombas, de los atentados, y de las víctimas de aquellos hechos. Era como si entre los dos estuviéramos intentando completar un rompecabezas al que le faltaban piezas.

Con el paso de los meses, que no fueron muchos, y de las videollamadas que realizamos fuimos intentando reconstruir un poco nuestra historia, no solo lo que había ocurrido en el país. Comprendí que mientras intentaba comprender su historia, saber quién era realmente mi hermano, empecé a descubrir quién era yo.

Me di cuenta de que había enormes espacios vacíos en mis recuerdos. Tenía muy poca memoria de aquellos años, no recordaba discusiones, contexto político, ni siquiera recordaba situaciones de mi propia infancia.

Fue entonces cuando las conversaciones tomaron otro rumbo. Comenzamos a hablar de nuestra madre. Aparecieron relatos que yo desconocía por completo. Historias de ausencias, de abandono, que habían marcado profundamente la vida de mi hermano y la mía.

Hoy no puedo decir que encontré todas las respuestas, tampoco puedo afirmar que comprendí completamente su historia. Hay preguntas que siguen abiertas y recuerdos que todavía aparecen; lo que sí sé es que aquel viaje a Neuquén, después de treinta años, cambió algo para siempre entre nosotros.

Desde entonces hablamos todos los días, nos enviamos mensajes,  parapreguntarnos cómo estamos, qué hicimos o qué haremos el fin de semana. Ya él sabe que yo trabajo aún y él ya está jubilado y retirado. 

Son pequeños gestos que para muchos pueden parecer simples pero para mí tienen un valor inmenso. Por eso espero con ilusión las próximas vacaciones de invierno, para seguir armando este rompecabezas que aún sigue inconcluso.

Quiero seguir escuchando todas esas historias que aún no me contó sobre su vida y también sobre la mía… Quiero volver a sentarme frente a él en esos sillones enormes y seguir abriendo esas viejas cajas de fotografías y cartas que aún no leí, que siguen ahí. De esa manera poder seguir recorriendo juntos ese camino hacia el pasado.

Sé que todavía quedan muchas historias por contar, aunque algunas respuestas nunca lleguen. Hoy entiendo que lo más importante no es solamente conocer la verdad sobre aquellos años, sino haber recuperado a mi hermano y recuperar parte de mi identidad olvidada.