
Tengo una costumbre desde hace años, me gusta hablar y hablar, mi abuela Emilia y mi tía Zulma siempre me dicen –Basta Lucy… pero a mí me gusta hacerlo, con mis muñecas y con Juani, élsiempre me escucha.
Hoy estoy muy emocionada, vamos a viajar a la casa del mar, como todos los años.
-Viste Juani nos vamos. Me tenés que ayudar a guardar la ropa y también los juguetes. Tenemos que llevar todo, porque es mucho el tiempo y cuando volvemos tengo que ir a la escuela. ¡Dale, no seas vago, ayudame a guardar todo!
Zulma se asoma por la puerta y con una sonrisa cálida me guiña un ojo, -¿qué haces? No se da cuenta que estoy armando la valija.
Bajo corriendo las escaleras con mi muñeca en la mano. La abuela Emilia está sentada en el sillón frente a la tele. Se puso el pañuelo blanco, ese que usa los jueves cuando sale con la cartera.
¿Por qué usa el pañuelo si hoy no es jueves? Me acerco despacio. La abuela llora frente al televisor con el cuadro en sus brazos, lo aprieta contra el pecho.
Me quedo en silencio. Zulma recostada en la puerta también llora. En la tele se ve al hombre con una cinta celeste y blanca que cruza su pecho arriba de un auto saludando a mucha gente en la calle.
No entiendo que pasa. Pero muchas veces veo llorar a la abuela. Zulma me hace un gesto con el dedo en la boca como pidiendo silencio. Mejor me voy a mi cuarto.
_Shuhh, silencio, la abuela esta triste. Dale ayudame a terminar de juntar las cosas para el viaje.
-Vamos arriba, se nos va el micro… Zulma me despierta con un beso. Tengo mucho sueño.
Llegamos a la casa del mar. La abuela y Zulma entran despacio y dejan los bolsos en el piso. Mientras corren las cortinas, desempolvan los muebles. Yo corro al cuarto de arriba y abro las ventanas desde donde se ve todo el mar, grande, inmenso. Salgo al balcón, me apoyo en la baranda y le digo a Juani:
–¡Qué hermoso! ¿no?. Es inmenso. Vamos a jugar a la arena.
Bajo las escaleras corriendo y aviso que voy a la playa. – Cuidado Lucy, no te alejes, dicen juntas la abuela y Zulma.
Corro hacia la playa, me siento en la arena y empiezo a cavar con mis manitas. –Dale ayudame, al final todo lo hago sola.
Me paso varias horas jugando en la playa. Mientras tanto, la abuela y Zulma han ordenado y como lo hacen siempre, pasean por toda la casa con incienso, limpiando cada rincón.
Cenamos y estoy tan cansada que me duermo en la mesa. La abuela y Zulma se miran y las lágrimas asoman. Se acerca la fecha, aquellos gritos, aquellos ruidos de auto. Prefieren no hablar.
2
El sol se deja ver por las hendijas de la ventana. Abro los ojos, me desperezo y salto de la cama. Bajo corriendo las escaleras, quiero ir a jugar a la playa. La tía y sus rezongos. –Cuidado Lucy, siempre igual. Dale, sentate que vamos a desayunar.
La abuela amasó el pan y Zulma prepara la leche más rica del mundo. Como rápido, quiero ir a jugar.
Me pongo la malla y el sombrero, con la ayuda de la tía. Me pasa mucho protector solar por todo el cuerpo. Agarro mis juguetes y me voy corriendo.
Junto al mar empiezo a juntar caracolitos, voy a armar un gran castillo. –Hoy voy a hacer el castillo más grande de todos. Vos si no querés no me ayudés, pero no te vayas, quedate conmigo.
Me quedé horas jugando, hasta que me llamaron a almorzar. –Vamos, vamos a comer… -Dale, no te quedés solo, es peligroso. Dale te digo. Bueno, quedate, yo voy a comer.
No estoy tranquila, no dejo de mirar la playa. Zulma y la abuela varias veces me dicen que me quede quieta.
Nos vamos a dormir la siesta. Eso se hace sí o sí. Todos dormimos siesta en la casa del mar.
Subo a mi cuarto y me acerco al balcón, estoy preocupada. En fin, mejor me voy a dormir. Entro en un sueño profundo.
Bajo las escaleras corriendo, saludo a la abuela y a Zulma que leen una revista y corro a la playa. Las mujeres se ríen, sé que aman mucho, a esa niña inquieta.
-Vamos a nadar, acá cerquita, dale, no tengas miedo, yo te cuido.
Entramos despacio, nos mojamos los pies y empezamos a tirarnos agua, -está fría. Corremos, nos reímos. Movemos los brazos, las piernas, nadando, jugando.
Las olas empiezan a agitarse con fuerza y vienen cada vez más grandes. Me asusto y agarro la mano de Juani para salir, pero quedamos atrapados en medio de las olas. Entonces veo un torbellino que agita el mar y del fondo un gran león que abre su boca dejando ver los dientes filosos. Agita su melena salpicando agua salada. Me entra en los ojos. Los froto con fuerza para ver y escucho un llanto ensordecedor. En el apuro por agarrarlo quedo atrapada en una gran ola que me envuelve y me arrastra hasta la playa. Me levando y veo al león que se sumerge en el mar y ya no escucho el llanto. Corro a la casa y me caigo en la arena. Mis piernas no responden, no me puedo levantar. Grito, pero nadie escucha. Se oyen sirenas…
Despierto sobresaltada y empapada en transpiración. Bajo corriendo las escaleras. Llorando abrazo a la abuela y a Zulma. Ellas se miran y lloran. Hoy se cumplen seis años desde ese día horrible en que se los llevaron. Como si un león hubiera devorado su juventud, sus ilusiones y a Juani que aún no había nacido.










