MEMORIA DE UNA NIÑA

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El 24 de marzo de 1976 comenzarían las clases como cada año  en la provincia de Buenos Aires. Yo iniciaba mi cuarto grado sección “A” en el turno mañana en la Escuela  Primaria Nro. 20 “Mariano Moreno” del partido de Morón, actual Nro. 3 del partido de Hurlingham. 

Ese día iba al reencuentro con mis hermosos y amados compañeros y compañeras de 1er. grado “A”, a quienes  había perdido por un cambio de turno ya que no había podido pasarme con ellos por temas de salud para  cuidarme del frío en invierno y debido a que mi médico, el Dr. Gómez y los tratamientos en el Nosocomio  Vías respiratorias de Morón eran por la mañana. Mi madre había hecho muchos esfuerzos para poder recuperar  la vacante en el turno mañana, ya que era el turno más solicitado. Era un día muy esperado y deseado por mí.  Me palpitaba el corazón. No veía la hora de que llegara tan preciado momento. 

No logro recordar todos mis inicios de clases, pero no puedo olvidar ese día. Estaba vestida de punta en blanco  con mi guardapolvo, medias color azul marino marca Ciudadela, zapatos tipo Guillermina marca Febo de color negro bien lustrados y un portafolios con mis útiles, entre los cuales estaba mi cuaderno tapa blanda marca  Gloria para borrador para hacer mis primeras anotaciones y pasarlas a los cuadernos de clase y de tarea en casa. Mi madre tenía una forma muy linda y particular de forrar mis cuadernos de clases con papel color azul con  pintitas, un moño azul de cinta de raso y cubierto con papel celofán para sostener y resguardarlo. 

Mi padre escuchó en la radio una muy mala noticia. Le dijo a mi madre que no me llevara a la escuela. Yo  quería ir, más de cuatro meses esperando el gran día. Mi mamá no creyó que se pudieran suspender las clases.  Yo estaba atenta sin decir nada, observando cada gesto y escuchando cada palabra y esperando su autorización  para salir de mi casa rumbo a la escuela y que no nos impidiera salir. Mi padre insistió y le dijo: —Bueno…  andá. Después me contás. Y continuó diciendo: — Seguro que no va a haber clases. 

Mi madre me llevó a la escuela caminando y al llegar mi madre se dio cuenta de que era muy raro el panorama  ya que había muy poca gente. Se sorprendió y se acordó de lo que le había dicho mi padre. Susurró: —Parece  que tu padre tenía razón—. Al llegar a la puerta pudimos ver que la escuela estaba herméticamente cerrada.  Había varios policías parados en la vereda quienes prohibieron el ingreso. No eran rostros amables y  sonrientes. Estaban muy serios. No era el clásico día festivo de un comienzo de clases. No era el día que había  soñado. Mis ojos observaban todo, cada detalle, cada mirada, cada palabra, pero mis labios no podían decir  nada. En un momento registré la conversación entre dos adultos. Una joven madre le preguntó a uno de los  policías: —¿Hay clases hoy?—. El policía la miró sorprendido y le respondió con un tono alarmante: —¿Pero  señora, Ud. no sabe lo que es un golpe de Estado? — Esa pregunta me asustó. Yo, como una niña de 9 años,  no sabía lo que era un golpe de Estado y al parecer algunos adultos tampoco, pero mi pequeño corazón me  decía que algo muy malo estaba sucediendo. Había un clima de mucho nerviosismo, de temor e incertidumbre. 

Era un día de otoño, estaba muy nublado. Era un golpe militar. Había asumido un gobierno de facto. Era  un día gris. 

Ese mismo año yo estaba cantando por la vereda, en mi cuadra, a dos casas yendo a la mía, contenta, a los  saltos al estilo de la niña en el clásico spot publicitario de Dánica Dorada del año 1973. Era la marcha peronista,  la parte que más me gustaba y sabía: — «¡Perón, Perón, qué grande sos! ¡Mi general, cuanto valés! ¡Perón,  Perón, gran conductor, sos el primer trabajador!». Me explotaba el pecho. La solía escuchar en la radio cuando  aparecía de golpe. Un vecino, Ignacio, me paró y con su rostro muy asustado me dijo; —¡No! ¡No cantés más  eso, que te van a matar!—. Me asusté mucho. No entendía nada. Yo le pregunté el porqué. De repente veo  pasar por la esquina una camioneta con varios militares y me la señaló con un gesto disimulado. 

Regresé rápido y muy asustada a mi casa después de escuchar esa horrenda frase. Estaba confundida. 

Le conté lo sucedido a mi mamá. Se enojó con el vecino. —¡Cómo te va a decir eso! ¡Qué estúpido! —exclamó.  Le pregunté si sería verdad lo que me había dicho mi vecino a lo cual ella me respondió: —No creo que lo  hagan porque sos chiquita. Pero vos, por las dudas, no la cantes más—. Le hice caso a mi madre. 

Recuerdo algunas prácticas arbitrarias de las maestras, como llevarme a Dirección en forma violenta  tomándome de un brazo por moverme al toque de campana finalizado el recreo. Solo había regresado un paso  dado después de la campana. Fue una experiencia traumática porque me expuso a toda la escuela. Mi madre  no se iba a quejar porque tenía miedo a las represalias. —No quiero que te tomen de punto—me decía. Yo en  cierto modo me sentía defraudada y abandonada por mi madre. Necesitaba que ella me defendiera. 

Corría el año 1977. Estaba agotado el suplemento del manual del alumno bonaerense edición 1976. Mi mamá  recorrió todas las librerías del partido de Morón y no lo encontró. Varios meses después encontramos un  ejemplar. Yo entusiasmada lo empecé a leer. En una de sus hojas decía que el pueblo tenía derecho a votar, lo  cual yo me daba cuenta de que eso no sucedía. Le conté a mi padre lo que había leído y le dije: —Pero…. Acá  dice que podemos votar—. Mi padre se sonrió, me tomó del mentón con mucho cariño y con una sonrisa me  dijo: —¡Callate, vos! Sos muy chiquita para entender eso —. Mi propio padre me pedía silencio. Era para  cuidarme. Siento pena por esa niña que se educó en dictadura. Ella y todos los niños y niñas tenían derecho a  recibir una educación en democracia y en libertad, sin miedo y sin que se les prohibiera ningún libro. 

En 1978 fuimos sede del mundial de fútbol. Yo estaba próxima a cumplir 12 años. El 1 de junio de ese año el  Teniente General Juan Rafael Videla dio un discurso de apertura. Habló de un clima de afecto y de respeto  recíproco, de la convivencia en unidad y diversidad como única forma para construir la paz. Mi prima de 19  años hizo un comentario muy enojada, como que nada de lo que él decía era cierto y usó la palabra  desaparecidos. Mi papá me miró desconcertado y sorprendido por el comentario, en un día que debía ser de festejo. Él estaba preocupado porque yo la había escuchado. Me miró y no hizo ninguna acotación. No  quería que yo entendiera. 

Recuerdo a mi madre llorando en secreto. Lo descubrí de casualidad. Yo, como hija mayor, me daba cuenta de  muchas cosas. No quería que mi padre la viera. Le pregunté por qué lloraba. Me dijo que estaba muy  preocupada porque las cuotas del auto eran indexadas y que aumentaban mes a mes. Era por la compra del  automóvil que le había comprado a mi padre, un Ford Falcon color celeste metalizado modelo de Luxe año  1978. Estaba a dos años del 0 Km. Me explicó que se lo había comprado porque mi papá era un gran hombre  y buen padre y que se lo merecía. —¿Por qué él no puede tener un auto nuevo? —se preguntó. 

Se le hacía muy difícil pagar la cuota con un solo sueldo y una familia con 4 hijos pequeños. Cada vez que iba  a pagar la cuota a la Financiera Sevitar de la calle Florida de Capital Federal, hoy C.A.B.A., yo la esperaba con  el corazón en la boca deseando que mi madre volviera bien. Estaba preocupada. Temía por su vida. Recién  respiraba cuando la veía llegar a casa. Era la ley 1050 durante el Ministerio de Economía de José Martínez de  Hoz. Cada vez que lo veía en la televisión me dolía el estómago. Yo sabía que él era el responsable de la ley  que nos había complicado la vida. Daba sus anuncios sin ningún tipo de empatía, sin importarle cómo iban a  impactar en los otros sus medidas económicas. 

Mi madre fue a una reunión con el representante legal de la financiera quien le comunicó que al mes siguiente,  la cuota se le iba a duplicar, esto era un aumento del ciento por ciento y que mes a mes iba a seguir aumentando.  No se terminaba nunca de pagar. Mi madre le dijo que no podía pagar esa cuota a lo cual este le dijo que, era  pagar eso o refinanciar la deuda. Bajó las escaleras llorando. Una empleada de la administración se le acercó  sigilosamente y sin que nadie la viera en voz muy baja, casi susurrando, le dijo: —Sra., no refinancie y pida  ayuda—Mi papá se enteró y lejos de enojarse la contuvo. Le pidieron ayuda a mis abuelos maternos quienes  les prestaron el dinero para saldar la deuda total. De esa forma terminaron los meses de tanto sufrimiento, de  mi madre y de toda la familia. Así recordamos quienes vivimos el golpe de estado y el gobierno de facto. Y  los que no habían nacido o no lo recuerdan, también sienten que estuvieron allí. Porque somos una nación y  compartimos la misma historia, nuestro presente y nuestro porvenir. POR LA VERDAD: Para que nadie  intente poner un velo que nos impida conocer lo que sucedió. POR LA JUSTICIA: Para que ningún hecho de  violencia quede impune: «Sin Justicia no puede haber paz». MEMORIA: Para poder construir nuestro futuro  como pueblo y recordar lo que no debe volver a suceder; y para que, como se titula la reconocida obra de  nuestro escritor Ernesto Sábato, “NUNCA MÁS”.