DICTADURA Y MEMORIA

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Mi nieta Sofía, me interpela por los 50 años del Golpe de Estado y el pasado peligroso despierta vivencias políticas y militantes. En que creíamos y en que creemos hoy? El relato siguiente responderá tus dudas sobre una vida pasada rigurosamente vigilada. Sabrás lo que se hizo y lo que se dejó de hacer. Siempre con el desahogo de poder contarlo y sintiendo el dolor de no poder olvidar…

…“Sacarlo todo afuera, como la primavera” dice la canción…y se vivió la estación como nunca. Las movilizaciones brotaban en las calles y un estado de asambleas en todos lados. Lo que no presentíamos era que el invierno se adelantaría sin respetar el calendario. Era el despertar político (también para mi) de la primavera democrática, donde la revolución esperaba a la vuelta de la esquina. En el cuarto adolescente colgaban en la pared Los Beatles con el Che Guevara. Por mi padre entendí al peronismo y también al anarquísmo por mi abuelo italiano. Ayudábamos a defender esas ideas, mis hermanas y yo, en discusiones de sobremesa en las reuniones familiares. Luego incorporamos el Socialismo Nacional e Internacional. Es decir, uno es un todo de muchas partes. Había sepultado para siempre el pensamiento reaccionario de la derecha, influenciado por las lecturas de Selecciones del Reader`s Digest (revista que mi madre compraba para que leyéramos algo…) que me hizo odiar al dictador barbudo (Fidel) en la isla de la esclavitud (Cuba). No tardé en bajar del caballo por izquierda y ahí empezó la militancia: distribuir la prensa, reuniones, volanteadas y pintadas y las actividades inherentes en la fábrica metalúrgica. Más adelante el libro “Principios Elementales de Filosofía” de Georges Politzer, puso las ideas en su lugar. Reafirmó las convicciones y aclaró la oscuridad del pensamiento idealista con su antípoda materialista. Entender las leyes de la Dialéctica fue descubrir una verdad absoluta (lo que es una contradicción en sí misma) y una revelación sin nada de divina. Armarse era estudiar, prepararse para ganar una discusión. Ser “Piola” no era por mujeres o dinero, sino por entender la lucha de clases. “Ganar” era cooptar a un compañero para la militancia.

Luego todo se complicó…

Antes, y después del golpe, la represión tenía distintos métodos: desapariciones, torturas, fusilamientos (que los diarios titulaban como enfrentamientos) en paredones de zonas liberadas. Compañeros de la militancia y los amigos del barrio chupados por las bandas que irrumpían en mitad de la noche. La casa ya no era segura, la fábrica y la calle tampoco. Cualquier extraño que se acercaba a hablar encendía las alarmas. La ropa, el pelo y la barba eran los elementos que conformaban el estereotipo sospechoso. La vida insegura dependía de una delación, una agenda telefónica, un procedimiento policial o militar. Los libros enterrados en el jardín sufrirían a posteriori la destrucción por la humedad. El lenguaje era medido, austero, barrial. Sospechar del otro y viceversa. Para la dictadura, todo enemigo era subversivo y la prohibición se ejerció hasta en el cine, la música, en revistas, diarios y sobre todo en los libros que padecieron la combustión de una gran fogata.

Las ideas no se podrán matar, pero el que las lee, sí… Las canciones comprometidas, de protesta perdurarán, pero el que las canta, no… Pensar en la tortura primero y en desaparecer después, creaba un estado de tensión y angustia.

Creer, infantilmente, que si no pertenecías a ninguna organización armada, se contaba con la inmunidad para la represión. La dictadura no hacia diferencias. Un día cayó preso el responsable de la distribución de la prensa en Ia zona y yo que recibia los diarios que pasaba después a mis contactos, me hizo modificar la rutina por seguridad. Conclusión: irme del barrio y dormir de prestado.

Imaginar la cama de torturas era dudar y no tener certeza de los límites de resistencia. El sufrimiento y quebrarse eran las dos caras de una misma moneda y otros, la resistencia estoica… La dictadura se llevó a los que llaman imprescindibles, los que luchan toda la vida, los que hoy hacen falta. Se robaron sus sueños, sus pertenencias y sus hijos. Todo desapareció menos la Memoria de los 30000, la Verdad irrefutable de los hechos y laJusticia que uno quisiera. En un baile para recaudar fondos para los presos políticos conocí una compañera docente, para caminar juntos la militancia y la vida. Ella es tu abuela…

En 1977 el terror me hizo replantear todo. El margen de acción estaba tan acotado y peligroso que organicé el presente y el futuro en aspiraciones personales, del “pequeño-burgués” en el léxico militante. La circunstancia me indujo a iniciar el estudio en el profesorado que me edificó una profesión a nivel medio. No fue fácil estudiar y adentro se sentía la falta de libertad de afuera. La desconfianza la transmitía cualquiera y la sospecha de que pudiera ser un servicio. Se pensaba más de lo que se hablaba y se ejercia por seguridad la obligada autocensura. La dictadura también cursaba.

La docencia fue el desafio nuevo y entendí a la educación como la herramienta de transformación esencial en la Escuela Pública. La calle y el aula eran dos territorios de una misma lucha para poner el cuerpo.

La conciencia política, que no es permanente ni estable, mucho menos irreversible, traía aparejado el esfuerzo de mantener viva una ideología en un mundo globalizado. Si subí al caballo por derecha y bajé por izquierda, muchos otros invirtieron la secuencia.

El sentimiento de tristeza fue saber que los grandes cambios sociales no se darían, y los pocos en algo, serían para que no cambie nada. Entendí las Verdades Sagradas como grandes mentiras: “Los pueblos nunca se equivocan”… Si la duda congelaba el paso, entonces seguia la marcha de “Las Madres”. Un ejemplo de lucha constante y un lugar en la historia de los Derechos Humanos.

El Golpe militar tuvo adhesión popular, como así también el mundial `78 y la guerra de Malvinas. La dictadura manejó en su provecho esos eventos con la intencionalidad de su permanencia.

No creíamos que a las bandas parapoliciales (AAA) se le sumarían las bandas militares, inaugurando el más siniestro terrorismo de Estado y la consecuencia del crimen de lesa humanidad. Con el “Orden” y la “Pacificación” cimentaron esa adhesión de toda esa gente silenciosa y votante de cualquier antiperonismo exultante y la que repite la historia sin memoria.

La distancia temporal de la Dictadura me provoca algunas reflexiones políticas dentro de una simple historia militante en un entorno represivo:

  • Si la democracia fue hecha a imagen y semejanza del poder, este nos transforma, con otros medios de dominación, en súbditos inconcientes de nuestra condición.
  • Si naturalizamos la pobreza reprimida y apelamos a la meritocracia como la causa que la justifica, entonces la batalla cultural sigue acumulando contiendas ganadas.
  • Si la utopía sólo sirve para caminar, porque el horizonte se aleja a medida que avanzamos (como decía Galeano), entonces, en movimiento van los utópicos convencidos de un mundo mejor, por el camino correcto.

Eso quiero creer…