LA TORRE PROHIBIDA

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“Haré una torre inmensa, como una víbora parada en la cola. Pero la idea le pareció un poco simple y decidió hacerle una ventana al medio, como si la víbora se hubiese tragado una uva de las que traería su mamá. Pero una uva del tamaño de una manzana.”1

Sentadas en el viejo Peugeot 403 con mi mamá, esperábamos el timbre de entrada. Era el último año de secundaria. En la radio, los noticieros comunicaron que una Junta Militar había tomado el gobierno del país. Tal como se venía anunciando, tal como se esperaba. Escuchamos el timbre, y se inició una jornada más. 

Paulatinamente el clima se fue enrareciendo. Todo se reglamentó. Las salidas, los encuentros, la rutina escolar. Las noticias infundían miedo. Y en ese devenir, el tan ansiado proyecto de estudiar literatura en la universidad, en otra ciudad, fue absolutamente negado. Mis padres tuvieron miedo y yo me quedé sin mi sueño.

Mis diecisiete años bullían de proyectos. Y había que buscar otra salida, aunque se cumplieran a medias, aunque se dejara mucho para después, para cuando todo pasara.

La docencia era una opción. En pocos años podía tener una profesión, un trabajo y la libertad. Entonces la elección fue maestra jardinera y un trabajo administrativo de medio tiempo.

No sería todo tan lineal….

Me inscribí en un colegio privado católico, único lugar donde se podría cursar educación inicial.

Al año siguiente, se llevaba a cabo el Mundial 78, nosotras cursábamos en turno vespertino y algunos partidos eran durante ese horario. Solicitamos se nos permitiera entrar más tarde o no ir a clase para ver algún partido en el que jugaba nuestra selección. Las autoridades del Colegio se negaron, pero una profesora se atrevió a hacer una nota a las autoridades provinciales haciéndose eco de nuestra solicitud. Cuando ya terminaba el Mundial, llegó la autorización para no computar las faltas a clase para ver los partidos.

En ese mismo año comenzamos a observar clases y hacer prácticas aisladas tanto en nivel inicial como en primario. Ahí conocimos a la profesora de Prácticas Docentes. Alicia, una señora que llegaba en un Citroen amarillo en las últimas horas del horario de clase. Joven mamá de cuatro hijos pequeños, alegre, simpática, verborrágica y muy lectora. Y por tanto muy exigente con la bibliografía que ella recomendaba de continuo. Tenía experiencia como docente y estaba en contacto permanente con el Centro de Investigaciones Educativas de nuestra ciudad; se actualizaba sobre las distintas corrientes pedagógicas, que no eran precisamente las que inundaban los documentos que enviaban las autoridades educativas del momento.

Las horas que compartíamos con ella se transformaban en verdaderos laboratorios de trabajo docente. En forma alternada nos acompañaba cuando hacíamos las prácticas. Al volver, nos escribía un informe en un cuaderno que cada una tenía, con su hermosa letra manuscrita, donde momento a momento analizaba nuestra clase y nos sugería estrategias para mejorar o ampliar nuestro desempeño. Al final le sumaba numerosa bibliografía. Tan imprescindible fue ese cuaderno que lo conservé y repasé en muchas oportunidades cuando tenía dudas en el diseño o dictado de las clases.

Esa profesora tuvo un gesto valiente y arriesgado con todas y cada una de sus alumnas, una actitud generosa y propia de alguien con convicciones firmes. Tal como Emilio Mignone le dijo a un coronel, ella sabía que “las armas estaban en la biblioteca”2. Ponía especial atención en los textos literarios que elegíamos para nuestros alumnos. Nos recomendaba y nos prestaba sus libros de literatura infantil; casi todos los libros prohibidos por la dictadura. A la tardecita íbamos a su casa a elegirlos. Y lejos de los textos moralizantes que habían marcado nuestro paso por la escuela, nos fuimos con el elefante que ocupaba mucho espacio, entramos por la torre de cubos, y pintamos el pueblo de blanco, azul y rojo junto con nuestros pibes y les contagiamos esas ansias de libertad y la posibilidad de imaginar mundos posibles y mejores.

Hoy, Alicia sigue siendo tan vital como en aquella época. En democracia fue diputada por nuestra provincia, muy comprometida con nuestra ciudad. Puso en práctica el programa denominado Las manzaneras y tuvo la iniciativa para que se hiciera un Barrio para los docentes que hoy, muchos años después y superando los innumerables avatares económicos que ha sufrido nuestro país, es una hermosa realidad para aquellos docentes que apostaron por aquel proyecto. Algunos cuentan que cocina muy rico y por mi parte puedo asegurar que canta muy bien.

1 La torre de cubos de Laura Devetach. Libro censurado durante la dictadura militar.

2 El 24 de marzo de 1976, tras la intervención militar de la Universidad Nacional de Luján (UNLu), el coronel Jorge Maríncola le preguntó al entonces rector Emilio Fermín Mignone: «¿Dónde están las armas?». A lo que Mignone respondió irónicamente: «En la biblioteca».