CARMENCITA

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Tímida y soñadora, Carmencita transitó su infancia en un campo cerca de Coronel Pringles. La terraza era su refugio y una manta de estrellas entibiaba sus sueños de niña. Su hermano tenía como guarida un árbol al que se subía a leer: era su biblioteca campestre.

-¡Carmencita!-, gritaba el padre de la familia mientras ella jugaba a las escondidas con su imaginación y todos se asustaban por su ausencia.

Después de la adolescencia, toda su vida cambió, incluso aquella mirada enraizada en el campo. Los verdes ojos donde antes habitaban las picardías de la niñez se llenaron de soledad, injusticia, pobreza y extrañamiento. Ya no eran los olores de la tierra húmeda ni los sonidos del campo: ahora era el mar, la sal, las olas y el faro de un pueblo que todavía no lograba iluminarla. Su hogar había quedado atrás, empujado por la crisis económica que atravesaba el país.

La nueva casa nada tenía que ver con sus sueños. Sin embargo, entre paredes ajenas y silencios prestados, comenzó a trazarse un camino.

Mientras tanto, su hermano soñador se fue a Bahía Blanca para forjar un futuro distinto. La historia que quiero contar no es exactamente la de él, pero necesito nombrarlo: Juan Carlos, hermano de Carmencita, militante, zurdo, desaparecido. En aquellos años, su vida estaba llena de ideales, y el desenlace inesperado abrió una herida que nunca más se cerró en la familia. 

Carmencita quedó sola con su madre. El padre había muerto y el hermano ya no estaba. Tuvo cuatro hijos y se convirtió en jefa de hogar.

Un día conoció a un hombre que cambiaría su vida para siempre. Era difícil ser mujer soltera, trabajar, sostener una familia y ocupar un lugar en el ámbito público dentro de una sociedad profundamente patriarcal. Cuando ese hombre apareció, ella creyó que quizá podía construir algo parecido a lo que la sociedad esperaba de una mujer. Pero allí comenzó su tortura.

El que parecía un príncipe se convirtió en un sapo cruel: le meaba la cara para luego decirle “te amo” y pedir perdón. Perdón por los golpes. Perdón por los celos. Perdón. Pero también le enseñó el significado más perverso de la palabra culpa: la culpa era de ella por ser independiente, libre, fuerte, segura.

Y así se le quebró el mundo en dos.

Por un lado, la sociedad le exigía sostener a ese hombre “con todos sus defectos”. Por el otro, estaba la violencia que avanzaba desde las palabras hasta los golpes. Su vida transcurrió en el miedo, en la oscuridad, en el deseo imposible de que él nunca hubiera existido.

Las instituciones tampoco la amparaban. La comisaría era un lugar frío donde se reían de su cara golpeada y le devolvían preguntas como garrotes: –¿Qué hiciste?-

La violencia se naturalizaba como parte de la vida doméstica. Lo que pasaba en casa, se resolvía en casa.

En paralelo, el terrorismo de Estado seguía dejando huellas en su familia. Su madre elegía no hablar de la desaparición de Juan Carlos. El miedo había aprendido a vivir adentro de esas paredes. La vida rural le había enseñado un mandato silencioso: la mujer debía ocuparse del hogar, del trabajo no asalariado, del ámbito privado donde nada debía salir al exterior.

Sin embargo, Carmencita intentó escribir otra historia. Crió sola a sus hijos, acompañó dentro de sus posibilidades a su hermano militante y, cuando él desapareció, puso el cuerpo y la voz para contar su historia en un libro del pueblo. Todos lo leímos sin saber que detrás de esa mujer capaz de narrar el dolor ajeno habitaba también una mujer aterrada.

El tiempo pasó. La historia y sus procesos hacen lo suyo.

Mi mamá, Carmencita como la llamaba su padre, logró correrse de ese lugar de víctima. Y digo correrse en el sentido exacto del verbo: desplazarse rápidamente, correr, porque la vida corría peligro, porque el dolor del alma se había vuelto más grande que el del cuerpo. 

Tuvo la suerte —o quizá la fuerza— de no morir en esas manos. Así como ella se animó a poner en palabras la desaparición de su hermano, hoy siento la necesidad de contar su historia, que también es la mía. Porque en lo más recóndito de mi memoria vive el miedo de aquellas noches paridas de violencia. Vi sus ojos morados, sus lágrimas, y también vi cómo una mujer fuerte y segura podía desarmarse frente a alguien que repetía que golpeaba “por amor”.

Hoy sé que la historia cambió gracias a las luchas de miles de mujeres. El Estado implementó leyes que desnaturalizan la violencia. Ya no se supone que lo que pasa en casa debe quedarse en casa. Ahora se denuncia, se grita, se acompaña.

Mi mamá no fue contada: fue invisibilizada. No lideró movimientos, pero sostuvo luchas profundas para reconstruirse. Y esas luchas también me atraviesan. Me enseñan que la historia puede ser otra cuando hay un Estado presente, un colectivo feminista y una sociedad dispuesta a escuchar las huellas que deja la violencia.

Porque detrás de muchas puertas cerradas, durante años, también se libró una forma silenciosa de terrorismo: el miedo cotidiano que les robaba a las mujeres la posibilidad de vivir libres.