LOS ZAPATOS DEL MAESTRO

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“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
Eduardo Galeano

Extraño tanto mi par de pies –pensó el zapato- que ya ni los recuerdo.

-Pero te acuerdas de un nombre-, dijo el zapato fuerte como para que su par lo oyera. –Su nombre era Isauro– dijo el par de zapatos nuevo que descansaba en una caja de cartón duro y bien hecha.

No eran zapatos cualquiera, era el par de zapatos que los niños y niñas, jóvenes y familias, por medio de una colecta de la comunidad, pudieron comprar para brindarle al maestro Isauro un par de zapatos como corresponde a un maestro/ director. Y no ese par de mocasines maltrechos que Isauro traía hace tiempo, desde sus días como maestro y director en una escuela rural perdida en el monte. 

Las provincias como Tucumán, las provincias argentinas en general, crecieron desde pequeños pueblos en diálogo con un territorio extenso; en una alianza, y luego en guerra con el estado argentino, de las comunidades originarias que eran parte fundamental de esta urdimbre que, como lo relata José Hernández, fueron parte fundamental entrelazando a los inmigrantes y los americanos con su tierra. 

Cuestión que los zapatos nuevos del maestro Isauro estaban chochos de contentos porque esperaban ver la cara de Isauro cuando abriera la caja de cartón duro decorada con un moño petirojo bien hecho por la mamá de Amanda, la más pequeña de la sala pequeña.

El moño, la caja y los zapatos tenían un motivo, una razón especial y algo para celebrar. Algo muy feliz y esperado que los zapatos desconocían, pero entendieron bien que ellos eran parte fundamental de un evento importante, quizá lo más importante en su vida de zapatos.

Días más días menos, los zapatos esperando tras la tapa dura de la caja de cartón, bien envueltos en un delicado papel de seda y un moño petirrojo en el frente, esperando que la caja se abriera para conocer la cara de ese Isauro sobre el que todos hablaban proezas mientras envolvían el regalo.

Así que parece ser- pensaron los zapatos- que este tal Isauro es hechicero o brujo, que no es lo mismo pero es igual. Cuestión que con unos símbolos de tiza que trazaba como un maestro de arte, brindaba conocimientos a los niños y las niñas de esos parajes tan alejados de todo, pero tan cerca del abrazo de la pacha.

Isauro daba conocimiento a esos niños, pero no solo sabía dibujar y leer los símbolos de poder, sino que además sabía el arte de dar el saber al otro. Enseñar a leer es una forma de eso, una de las muchas formas de aprender el mundo, y de las muchas la más difícil; porque aprender el dibujo de esas letras requiere del control del cuerpo, el manejo de la mano, el pulso, la concentración, el diseño y la velocidad. Aprender a escribir esos trazos equivale a las ramas de los árboles cuando crecen y siguen ramificándose de acá al final de sus días.

Por eso este brujo maestro/hechicero/revolucionario/ amigo, era tan mencionado por las gentes que, humildes y felices, preparaban el regalo del maestro en su día especial. Isauro cumplía años, pero eso solo su hermano, un compañero fiel de tantas aventuras, lo sabía. Así que el regalo debía ser por otra cosa. El regalo eran esos zapatos nuevos que las familias trabajosamente le llevaron hasta su casa, que era un local gremial, el sindicato donde el maestro y su hermano militaban, su lugar en el mundo, su manera de no estar solos sino abrazados a maestros y maestras por toda la provincia, a otros amigos…Y desde la CTERA a todo el país.

Ahí vivía el maestro y ahí fueron a parar los zapatos en la caja de cartón duro con un moño rojo punzó bien hechito. Las manos humildes de esa trabajadora de zafra que era la madre de Amandita, eran manos lastimadas por un filamento invisible que forma parte de la caña de azúcar y que lastima por días; sin embargo no habrá más suavidad que la de esas manos al manipular con profundo amor la cinta colorada que rodeó con ágiles trazos la caja dura de cartón para cerrarla en un moño de mi flor. 

Los zapatos llegaron lustraditos adentro de su caja y su moño hasta la parte de arriba del ropero que Isauro tenía en el local por todo mueble.

Y ahí esperaron hasta la ráfaga cruel, sin conocer siquiera la mirada de sorpresa de ese famoso Isauro. Con las ganas de saber cómo eran los pies que calzaría un mago así, un compañero, un maestro en los montes, en el llano, en la montaña, en las tierras pantanosas, en la puna y en la nieve. 

Los zapatos de esos hombres y mujeres, maestros de mi país de barro que cuando caminan la tierra se la beben con los ojos y deparan, en las tizas de sus manos, esos dibujos brujos que despliegan un hilo incandescente de conocimiento, como la huella que deja la oruga sobre el pizarrón. 

Los zapatos que nunca supieron la cara que pondría el hombre ese, supieron, sin embargo,  algo más. Supieron de la devoción y el reconocimiento,  del amor y la esperanza, del agradecimiento y la bondad de las gentes de mi tierra. Porque saber es un don, pero encaminar a saber es un acto de compañerismo -que “nadie se salva solo” como dice la canción- pero que eso se aprende en la escuela. Desde el maestro que enseña, a las personas que cuidan, ordenan y mantienen la escuela lista para la enseñanza, con las familias que abrazan y, sobre todo, en cada changuito, pibe, estudiante, guri o mozita…en “lo que deban ser” como dijo San Martín.

Los zapatos de Isauro aprendieron que nunca estuvieron solos, porque eran un par y porque eran compañeros.

Nota al pie: La noche del 24 de marzo de 1976 el dirigente sindical Isauro Arancibia y su hermano Arturo son asesinados en la provincia de Tucumán. Los hermanos resisten dentro del local sindical donde finalmente ingresa el grupo de tareas y les da el tiro de gracia. Y roban una caja con un par de zapatos nuevos del maestro asesinado.