SEGUNDOS ETERNOS

22

Miró su reloj. A través del vidrio astillado pudo ver que estaba llegando a horario y eso lo tranquilizó. Si había algo que siempre le molestó era ser impuntual, jorobarle la vida y ocupar tiempo a otro compañero o compañera. A pesar de los tiempos duros y crueles que atravesaba, que imponían cierto criterio de seguridad, para sí y para los demás, mantenía esa particularidad.

Su vista entrenada notó irregularidades que a los ojos del ciudadano común no hubieran llamado su atención: un ciego que mendigaba en la esquina con sus zapatos superlustrados, al diarero que voceaba noticias con solo un ejemplar, doblado y a simple vista ajado por el uso, y finalmente, algo que terminó de redondear su desconfianza fue ver una ambulancia frente a la plaza, con su chofer fumando despatarrado en el asiento y escuchando música a un volumen no muy adecuado para lo que aparentaban ser…

Se detuvo. Mientras encendía un cigarrillo echó un vistazo a su alrededor y entendió que estaba siendo vigilado. Es común que la adrenalina de la presa y el predador se huela en el ambiente, es el ridículo, frenético y macabro juego del gato y el ratón, donde las circunstancias fortuitas (o forzadas) se juntan en un solo deseo de romper ese cerco de peligro y de muerte, y  escapar para recalibrar las posibles estrategias de sobrevivencia.

La mañana se presentaba agradable, sin viento y con temperatura soportable. Por un segundo evocó los paisajes de su pueblo natal. Las escapadas con los pibes del barrio al arroyo que la mirada de un chico lo convertía en un río caudaloso y pleno de riesgos y venturas épicas, las comidas de su abuela y rememoró cuando un día, de improviso, sus padres le contaron que la abuela estaba presa por gritarle ¡Viva Perón! al comisario corrupto del pueblo. 

Ahí descubrió otro mundo: el de las ideas, la militancia y el compromiso. Y entendió que tal vez la historia le reservaba unas líneas en el libro de la Patria.

Mentalizado en preservar la vigilia, el peso en la cintura le daba cierta tranquilidad, cierto poder de, si era posible, escapar sin que se produzcan heridos o afectados entre la gente que circulaba.

Sabía por comentarios que era posible que en cualquier momento la presa (él) podía caer.

Siempre se instruyó que de suceder eso, no lo haría sólo, que estaba convencido que llevarse compañía era un último acto de contribución a la causa. Y que estaba dispuesto a pagar ese precio, no por heroísmo sino por compromiso de lucha.

Repasó otra vez (mil veces ya repetidas) las instrucciones estudiadas y hechas carne, sudor y conciencia; de ello dependían muchas vidas, mucha solidaridad y empatía.

Nada haría que el enemigo triunfara. Sabía, intuía que el destino lo estaba convocando para los acontecimientos posiblemente más importantes de su vida. No sentía otra cosa que el olor al peligro, la adrenalina corría a mares por sus venas y el cerebro tenso, expectante, analizaba a un ritmo indescifrable todas las posibilidades de escape y defensa.

Todo estaba dispuesto para que el azar no jugara en lo posible. En este tablero de disputa por la sobrevivencia no entraba la posibilidad de improvisar. Era ver quién de ambas partes jugaba mejor el partido: quién representaba las ideas y quién las que las oprimían. Uno u otro, desplegarían, posiblemente, estrategias diversas para lograr el éxito.

Quien moviera la primera pieza sería, posiblemente, el que orientara la disputa y, finalmente, tal vez ganara la contienda. Repasó todas las teorías estudiadas y practicadas hasta el cansancio, evaluó, objetivizó y fue ajustando su estrategia, su plan maestro que le diera las posibilidades de escape, de hacerse uno más en la muchedumbre que pululaba por el lugar. Mantener ese anonimato que siempre jugó a su favor y que en esta situación le significaba la vida.

Sigilosamente se acercó al presunto ciego, que estaba apartado de los demás, y pensó para sus adentros, jocosamente, “el cazador encontró a su primera presa indefensa”. Se dio cuenta que el gentío estaba a su favor, que los esbirros no tenían el campo de juego favorable y eso lo alegró.

Con un certero golpe desmaya al “ciego”, busca ubicarse de manera que los dos grupos tuvieran poca visibilidad y sigilosamente se desplaza hacia un costado buscando con la mirada un rincón salvador como vía de escape.

En ese instante rememoró cuando era un niño, que corría en la escuela, en Educación Física, y las felicitaciones de sus profesores por representar a la institución en las maratones infantiles. Solo atinó a correr como desaforado, haciendo zigzag entre la gente, buscando mezclarse con ella, que los engendros no lo ubicaran fácilmente, que no tuvieran la oportunidad de demostrar su poder, que mientras ellos insultaran, él ganara los metros necesarios para escapar, hacerse sombra, luz en la calle, fulgor en el sol resplandeciente, sueños y mística en cada paso que daba. Buscaba el triunfo de la vida, de su vida que representaba la de muchos, contra los intereses nefastos de los genocidas. Los conocía, sabía de sus olores de muerte, de dolor, de ignorancia, de desprecio.

Cada paso y salto era un escalón hacia la salvación y en ello puso todo su empeño, su maestría, su entrenamiento. Sabía que esa patriada era una prueba de fuego y, además, entendió que se estaba forjando el destino de compañeros y compañeras entrañables, de su familia, hijos, padres.

En determinado instante sintió que de muy lejos escuchaba gritos que le pedían que se detenga, que se entregara y él, se reía, se bebía a grandes sorbos la dulce fragancia de saber que estaba por ser una sombra más en un rincón solidario, de una sombra compañera, a la que le debería eterno agradecimiento.

De pronto, como surgido por arte de magia apareció ese lugar oscuro y se zambulló en él. Y allí entendió que estaba a salvo cuando vio que sus perseguidores seguían de largo, perdiéndose en la calle, ahora en silencio, como ayudando en ese silencio a enmascarar al hombre liberto.

El hombre miró su reloj y entendió que los 180 segundos, que habían durado un siglo, fueron los más intensos en su vida y agradeció a los dioses por la fortuna obtenida.

Pasados unas horas, salió a la calle, con la mirada puesta en el futuro y cantando mentalmente la marchita.