CUENTO JOVEN

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Era tan joven como un pimpollo. Hacía muy poco que me había recibido de Profesora y ya tenía varias horas en un Instituto de Formación Docente del interior de la Provincia de Buenos Aires.

Ese día, fui a dar clases con el mismo entusiasmo de siempre, cuando me llamó la Secretaria.

-Tengo algo para contarte, Mariel. Pero no se lo podés decir a nadie. ¿Sabés guardar un secreto?- me preguntó

-Por supuesto. Tengo muchos. Dale-.

-La Profe de Sociología te denunció, por la bibliografía que usás. Sacó fotocopias de tus programas y los mandó arriba-.

-¡No me extraña! Hay muchos soplones últimamente. Pero quedate tranquila. No podrán hacerme nada. Tengo mi título y gané por riguroso concurso las materias-.

-No te confíes. Con los milicos…-.

Y nos quedamos unos instantes con su mirada en la mía, cómplices amordazadas.

Sin embargo, dí las clases con alegría, con ese deseo único de ver la sonrisa en los rostros de todos los jóvenes. Cuando me iba, recordé las palabras de Paulo Freire “La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

En el camino a mi casa, pensé que no le iba a decir nada a mi marido sobre el tema. ¿Para qué preocuparlo? El ya tenía demasiadas responsabilidades con la J.P. Y yo, con la Coordinadora Interbarrial. Ayudaba a la gente humilde a organizarse para construir sus propias viviendas. ¡Es que teníamos ideales, ganas de vivir en un mundo más humano! Pero la lucha se estaba poniendo difícil…

Y floreció la primavera de 1978. ¡Cuánta tarde! ¡Tanto sol! Yo, siempre con mis gratificantes clases.

Ese día, llegué atrasada y fui apurada al aula. ¡Oh sorpresa! No había nadie. Urgente a Dirección para ver qué había pasado.

-¿Cómo Mariel? ¿No estás enterada?-, me recibió la Directora, -fui notificada de que te aplicaron la Ley de Prescindibilidad. ¿Todavía no te llegó el telegrama de despido? Yo hice avisar a los alumnos que no vengan para que no lo hagan de gusto.–

Quedé sin reacción, con los ojos perdidos en mi ser, sin intentar siquiera una defensa, una explicación. Volví al aula vacía. Las paredes descascaradas me recibieron en silencio. Me quedé de pie junto al escritorio, abrazada a mis libros, como quien da un grito que se apaga en el viento.

Cuando renació la Democracia, en el mismo Instituto, pude retomar mis cátedras. Entonces hice mía la frase de Fray Luis de León: “Como decíamos ayer”.