¡VIVA LA PANDEMIA!

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«Algo de la magia, de la mística, de la utopía que se puede alcanzar cuando trabajamos con otros/as volvió a invadirnos el alma, el corazón, las ilusiones» sostiene el maestro Luis Cabeda. Título provocador para un texto que nos llena los ojos de lágrimas poniendo en palabras los sentires y devenires de la vuelta a las escuelas.

El año 2020 será señalado en los libros de historia de la educación como aquel en que la acción educativa de la escuela estuvo a punto de naufragar. Nos encontrábamos atrincheradxs en nuestros propios hogares, temerosxs ante lo desconocido, esperando que en cualquier momento la situación se revirtiera y retomáramos nuestro trabajo habitual. Pero los procesos de aislamiento social, preventivo y obligatorio se encadenaban mes a mes, y entonces entendimos que había que reinventar, por un lado, nuevos modos de acercamiento; y por otro, desarrollar herramientas para el ejercicio de la enseñanza en favor de la apropiación de conocimientos… O el año estaría perdido para nuestrxs estudiantes.

Los equipos directivos y de supervisión, lxs docentes y no docentes, las familias y el Estado provincial asumieron su lugar adulto. Aquel que nos diferencia de pibes y pibas porque nos reclama mayores responsabilidades que a ellos y ellas.

Cuando todo parecía opaco, inservible o ficticio fuimos encontrando recursos que provenían de la preocupación compartida por los cuerpos docentes. Aprendimos a usar herramientas tecnológicas que creíamos que nos iban a exceder, nos capacitamos unos/as a otros/as, nos ayudamos a conectarnos entre pares, con alumnos/as y con sus familias, discutimos qué enseñar, cómo hacerlo, qué materiales estaban disponibles en cada contexto educativo, cómo valorar el proceso de aprendizaje que se iba construyendo, etc.

había que saber más y para eso estuvimos nosotros/as, para favorecer de todos los modos que pudimos y supimos la necesidad de mantener vivos el vínculo pedagógico, la osadía de enseñar y el deseo de aprender. Las escuelas y sus docentes fueron heroicos. No lo dudemos.

Llevamos a la práctica aquello que habíamos aprendido en nuestra formación inicial, el valor de la construcción colectiva del conocimiento. Encontramos en compañeros y compañeras a personas sensibles capaces de escucharnos cuando no sabíamos por dónde seguir, o cómo acercarnos a una familia determinada, a un chico que no tenía conexión, a una chica que vivía hacinada en una casa precaria y no lograba armar un lugar mínimo para concentrarse y abordar sus actividades.

Usamos lo nuevo, al principio con tropiezos, con temores, hasta que nos fuimos haciendo hábiles en su manejo, pero cuando la novedad no estuvo disponible recurrimos a los conocidos cuadernillos, a las fotocopias, a los mensajitos a través del celular.

Algo de la magia, de la mística, de la utopía que se puede alcanzar cuando trabajamos con otros/as volvió a invadirnos el alma, el corazón, las ilusiones. Recuperamos la confianza en nuestros saberes y en nuestra capacidad para pararnos frente a la adversidad, bien plantadxs, codo a codo con compañeros y compañeras, compartiendo lo que cada unx sabe, y aprendiendo de lxs demás.

Inventamos para no errar (como nos aconsejaría el maestro Simón Rodríguez), fuimos amorosos ante el padecimiento y exigentes a la hora de reclamar que no se bajaran los brazos, porque había que saber más y para eso estuvimos nosotros/as, para favorecer de todos los modos que pudimos y supimos la necesidad de mantener vivos el vínculo pedagógico, la osadía de enseñar y el deseo de aprender.

Las escuelas y sus docentes fueron heroicos. No lo dudemos.

La ciudadanía aplaudió durante meses a los trabajadores de la salud, sin duda merecían el reconocimiento. Maestros y maestras, profesores y profesoras, equipos de apoyo y de conducción en sus distintos niveles de responsabilidad, también deberían haber sido aplaudidos a diario. Sostuvieron sobre sus espaldas una lucha en desventaja, arriesgaron su propia salud cuando se armaban y repartían bolsones de comida, cuando se llevaban las cartillas para completar actividades, cuando se asistía a un alumno/a que solo podía conectarse muy tarde porque el celular familiar quedaba disponible a esa hora.

Las y los docentes hicieron mucho, dieron todo lo que estuvo a su alcance para que la pandemia que esperaba agazapada en la esquina del barrio, en el supermercadito chino, o en la farmacia no fuera la única perspectiva disponible para imaginar el futuro. Las y los docentes creyeron en lo que tenían para dar y creyeron que sus estudiantes eran lo suficientemente valiosos como para jugarse por ellos y ellas.

En este camino para fortalecerse y así poder ayudar a nuestros pibes y pibas, fuimos reencontrándonos con aquello que alguna vez nos empujó a volver a las aulas, pero esa vez como docentes. Algo de la magia, de la mística, de la utopía que se puede alcanzar cuando trabajamos con otros/as volvió a invadirnos el alma, el corazón, las ilusiones. Recuperamos la confianza en nuestros saberes y en nuestra capacidad para pararnos frente a la adversidad, bien plantadxs, codo a codo con compañeros y compañeras, compartiendo lo que cada unx sabe, y aprendiendo de lxs demás.

Por eso es que podríamos decir que la pandemia, más allá del dolor y los despojos que fue sembrando, más allá de los temores y las muertes, nos dejó una enseñanza que no podemos desperdiciar. Revalorizamos por qué habíamos decidido ser docentes, afianzamos los lazos con nuestros iguales, y fuimos inmensa y maravillosamente creativos/as. Seguramente cada noche, extenuados/as por las horas excesivas de trabajo, no solo nos sentimos cansados/as, también nos sentimos felices por comprobar cuánto valemos y cuánto nos valoran nuestrxs estudiantes y sus familias.

No sé cómo serán las clases presenciales en esta nueva época, pero estoy seguro de que debemos reservarnos algún día para hacer fiesta, para que en cada institución haya celebración por el reencuentro (aunque no podamos abrazarnos)

Por eso propongo que este tiempo de regreso paulatino a la presencialidad tenga un denominador común en todos los niveles de la enseñanza, en todas las escuelas e institutos de la provincia. No sé cómo serán las clases presenciales en esta nueva época, pero estoy seguro de que debemos reservarnos algún día para hacer fiesta, para que en cada institución haya celebración por el reencuentro (aunque no podamos abrazarnos). Ahora que volvemos a estar juntos tenemos que destinar un tiempo específico para contar historias, escuchar música, cantar a voz en cuello, reírnos mucho y prestar oído amoroso a las historias tremendas de lxs que más sufrieron. Si en ese festejo podemos compartir unos sanguchitos y unas gaseosas, bien. Si es mate cocido y galletitas o tortafritas también vale. Lo importante será el clima que seamos capaces de transmitir.

Es necesario que seamos capaces de contagiar la felicidad de estar vivos/as, a pesar de todo, y por haber vuelto a pisar la tierra común que nos convoca y nos pertenece, la escuela.